D. Bernardo se dejó caer al suelo y, mirándole con ojos empañados, contestó:
—¡Hola! ¿Qué traes por aquí?
—Siga usted, tío; siga usted, no quiero interrumpirle. ¿Cómo se encuentra usted?
—Así, así; ¿y tu mujer?
—Perfectamente; siga usted, siga usted.
D. Bernardo dió un brinco y se colocó otra vez sobre las paralelas.
—Puedes decirme lo que quieras: te escucho.
Miguel le contempló un momento, y comprendiendo que lo mejor era marchar derecho y sin vacilaciones al asunto, comenzó á decir:
—Venía á hablar á usted de un asunto que tal vez ó sin tal vez le será enojoso... pero me he comprometido á ello, acaso con sobrada precipitación, y no es tiempo ya de arrepentirse sino de cumplir como bueno... Enrique me ha significado su deseo...
D. Bernardo se dejó caer otra vez.