—¡Ni una palabra sobre Enrique!—dijo extendiendo el brazo con imperio.

Miguel se sintió herido por aquella soberbia, y dijo con ironía:

—¿Qué? ¿Ha decidido usted borrarlo de la memoria de los hombres?

El señor de Rivera le dirigió una mirada fría y altiva, que Miguel resistió con la misma altivez y frialdad. Volvió de nuevo á colocarse sobre las paralelas, y comprendiendo que se había conducido con poca cortesía, dijo con bastante trabajo, pues el paseo gimnástico le producía un fuerte resuello:

—Enrique es un mentecato. Después de haberme matado á disgustos toda la vida, quiere terminar su carrera deshonrando á su familia.

—Yo tenía entendido que sólo deshonra á su familia el que comete alguna vileza... Pero, en fin, puesto que usted no quiere, no hablemos de Enrique. Es mayor de edad y ya él sabrá lo que ha de hacer.

Dijo estas últimas palabras con la intención de prevenirle, para lo futuro. D. Bernardo no contestó. Bajóse de las paralelas, y después de tomar aliento, subióse otra vez y comenzó á ejecutar el paseo de la rana. Por no marcharse repentinamente, Miguel entabló conversación, diciendo:

—Le veo un poco desmejorado desde la última vez, tío.

—¡Sí!—respondió suspendiendo el paseo y quedando á horcajadas sobre las barras de madera.—¡Pues aún me verás mucho más! No como nada.

—¿Padece usted del estómago?