El caballero se quedó un instante inmóvil con los ojos extáticos, y dijo con acento de profunda melancolía:
—¡Padezco del alma!
Y emprendió de nuevo y furiosamente el ejercicio.
Nunca Miguel había escuchado de labios de su tío una palabra que se refiriese á sus sentimientos íntimos. Para él había sido, en este respecto, un hombre de madera. Así que, al oir aquella tierna confesión, se quedó como si viese visiones. Y juzgando que era Enrique la causa de sus pesadumbres, aunque no hubiese razón para disgustarse, todavía le compadeció sinceramente.
—Siento que sea Enrique, á quien tanto quiero, la causa de sus penas... pero tiene usted otros dos hijos que le proporcionan muchas satisfacciones.
—No, Miguel, no es eso... Enrique me ha causado algunos disgustos... pero el que ahora siento viene de más hondo.
Miguel se puso á discurrir de dónde vendría, y quiso imaginar que pudiera ser alguna pérdida ó menoscabo en su hacienda. D. Bernardo se bajó, arrimóse para descansar á una de las barras y se pasó el pañuelo por la frente sudorosa, dando un profundo suspiro. Después tomó unas bolas de hierro y comenzó á abrir y cerrar los brazos con la gravedad que imprimía á todos sus actos. Al cabo de un rato de silencio, que el sobrino no osaba interrumpir por más que la curiosidad le picase, el anciano caballero dejó las pesas en el suelo, y dirigiéndose á él con los ojos fijos y abiertos como un espectro, le dijo roncamente:
—Cuarenta años hace que me he casado... ¡Cuarenta años calentando á mi pecho una víbora! Al fin su veneno se ha infiltrado en mi sangre y moriré de la mordedura.
Miguel no entendió ó no quería entender aquellas palabras extrañas. Sin embargo, dijo:
—Yo siempre pensé que era usted feliz en su matrimonio.