—¡Lo era, Miguel! Lo era porque tenía una venda sobre los ojos. ¡Pluguiera á Dios que no me hubiese caído!... Hubo un día en mi vida, tú lo sabes bien, en que, arrastrando el decoro de nuestra familia por el suelo, descendí hasta dar la mano á una mujer de muy diversa condición que la mía. Por este inmenso sacrificio, ¿no te parece que esa mujer debiera besar el polvo que yo pisase?... Pues bien, esa mujer es una Mesalina.
—¡Tío!
—Mejor dicho, una Agripina.
—¡Pero al cabo de cuarenta años, cuando mi tía Martina es ya una anciana venerable!
—Eso hace aún más asqueroso su crimen.
—¿No estará usted obcecado, tío?
—Me ha costado trabajo persuadirme; pero ya no me cabe duda alguna.
—Deploro en el alma su disgusto; pero permítame usted que dude todavía...
—¿Sabes quién es el infame que ha ultrajado mi nombre?—dijo el señor de Rivera avanzando y metiéndole la voz por el oído.—¡También he calentado esa víbora á mis pechos!
—¿Quién?