—Porque aquí no entran p... ni ladronas.
Ante aquella injuria bárbara la dama se tapó el rostro con las manos y dejó escapar un gemido. El P. Gil se puso rojo, y tomando al viejo por un brazo, le sacudió con violencia.
—Sea usted más comedido, y ya que no respete la sotana que visto, guarde los miramientos que se deben a las señoras. Ante Dios y ante los hombres ésta es la esposa legítima de su amo de usted. Déjeme el paso franco, que a usted no le toca en éste asunto más que oir, ver y callar.
Y dando un empellón al viejo, se volvió diciendo:
—Venga usted, señora.
Pero Ramiro, agitado, convulso, como si fuera a caer presa de un síncope se puso a correr delante de ellos, gritando:
—¡Alvaro, Alvaro! ¡Que entra la z... en tu casa!
Dos criadas se asomaron a la escalera y contemplaron con estupor la escena. El viejo se detuvo en el principal; subió hasta el segundo, dando los mismos gritos. El P. Gil, que le seguía con Joaquinita, dijo a ésta al llegar al piso primero:
—Quédese por ahora aquí; yo subiré solamente.
Cuando llegó al segundo tropezó con D. Alvaro que salía a punto de su habitación. Su rostro, siempre pálido, lo estaba ahora tanto que daba miedo. En cuatro palabras Ramiro le había enterado de lo que ocurría. Por la tarde, cuando por primera vez había venido la esposa infiel a la casa, no lo había hecho. D. Alvaro no pronunció una palabra. Cogió con mano convulsa por un brazo al sacerdote y le hizo entrar en su gabinete. Luego cerró con cuidado la puerta.