—Gente de paz.
—¿Quién es?—tornó a preguntar.
—Soy yo, Ramiro. Abre—respondió el sacerdote.
La puerta giró pausadamente sobre sus goznes y apareció la silueta del viejo, débilmente esclarecida por la luz de la lamparilla que ardía sobre el dintel.
—Pase usted, señor excusador—dijo sin percibir a la dama, que se había ocultado detrás de éste. Pero viéndola al fin, dió un paso atrás y, abriendo los brazos en actitud de impedir la entrada, exclamó:
—¡Ah! ¿Vuelve usted acompañada?... Pues ni por esas... ¡No entrará usted, no!
—Vamos, Ramiro—dijo con dulzura el sacerdote, poniéndole una mano sobre el hombro,—déjanos paso, que este es un asunto delicado y que no te concierne.
—Pase usted cuando quiera, pero esa mujer no puede pasar.
—¿Por qué no puede pasar?—preguntó con entereza el sacerdote, alzando la cabeza.