Así habló el caballero de Medina. La joven escucha estas palabras con alegría, y sus bellos ojos se nublan de lágrimas.

Las lanchas bogaban apresuradamente hacia el puerto envueltas en rojizos resplandores. La Esperanza izaba a lo lejos todas sus velas, que se hinchaban al soplo de la brisa. Su casco negro, robusto, se inclinaba suavemente para hender el cristal de las aguas. El capitán, desde lo alto del puente, saludaba con su gorra blanca.

LA FE

ERA lógico que esta novela produjese escándalo. El título mismo predispone a ello. Luego, un sacerdote que duda de las verdades de la religión. Cierto había motivo para escandalizarse y no han dejado de hacerlo algunas almas timoratas, más timoratas que instruídas.

Si lo estuviesen suficientemente sabrían que es de hombres el dudar, no de bestias. Y si hubieran leído las admirables cartas de San Francisco de Sales podrían comprobar que a su juicio “pocos marchan con más rapidez en el camino de la perfección que aquellos a los que la duda combate.”

Verdad que existen almas privilegiadas para las cuales la duda es imposible. Han entrado en el cielo y nada ni nadie puede arrancarlas de él. Admirémoslas y envidiémoslas. Pero no menospreciemos a las que luchan y sangran para que sus puertas se les abran.

Compláceme el saber que mi novela ha dado consuelo a otras personas, y que gracias a ella han logrado el sosiego de su alma. Esto no obstante, repito aquí lo que he dicho en el prefacio de la última edición: “Si la única autoridad que yo acato en esta materia juzgase que hay en la presente obra algo que necesite corrección, corregido y borrado queda desde ahora mismo, pues yo no pretendo dar a este ni a ningún otro de mis escritos, más alcance que el que pueda ajustarse con las doctrinas de la Iglesia Católica, a las cuales me glorío de vivir sometido.”

CRUEL DESENGAÑO

La acción se desarrolla en Peñascosa puerto de mar secundario de la costa cantábrica. Don Alvaro Montesinos era un mayorazgo a quien una educación austera y un temperamento enfermizo habían hecho huraño y sombrío. Muerto su padre había venido a Madrid. Dotado de claro entendimiento se había entregado con ardor a la lectura lo cual terminó de arruinar su salud. Se hizo un sabio incrédulo y pesimista. Al cabo se enamoró ciegamente, como suele acaecer a los hombres estudiosos y retraídos, de una joven elegante y sin dinero llamada Joaquina Domínguez. Esta le aceptó como esposo no porque compartiera su amor sino por interés, pues Don Alvaro era rico. Transcurridos algunos meses Joaquina se dejó enamorar por un joven aristócrata y propuso a su marido hacer un viaje por el extranjero. Don Alvaro cedió a este capricho. En Marsella la infiel esposa le abandonó escapándose con su amante y robándole todo el dinero que llevaba. Entonces Montesinos se refugió en su viejo palacio de Peñascosa y allí vejetó tres años devorando su humillación y entregado al más negro pesimismo. Al cabo de este tiempo su perversa mujer sintiéndose en cinta, viene a Peñascosa con pretexto de pedirle perdón, pero en realidad, para dormir una noche en la casa conyugal y obtener de este modo por la ley la legitimación del fruto adulterino que llevaba en sus entrañas. Busca al P. Gil para que le introduzca cerca de su marido.

AL tirar del cordel grasiento, el mismo tañido lúgubre que tanto había impresionado al P. Gil la vez primera que puso los pies en aquella casa, produjo a ambos un estremecimiento de temor y ansiedad. No tardó en oirse la voz cascada de Ramiro.