En aquel momento, Soledad preguntó a Uceda en voz baja:
—¿Sigues en tu idea de marcharte a Sevilla?
—Yo también me voy.
—¿A qué?—dijo el caballero fingiendo sorpresa.
—No lo sé—replicó la joven pugnando por no llorar.
Guardaron silencio unos instantes. Uceda le dijo al fin con sonrisa benévola tomándole una mano:
—Escucha, Soledad. ¿Ves ese hermoso sol que va a desaparecer? Tú sabes que mañana volverá a lucir en el cielo tan hermoso como hoy. Así sabía yo que tu amor volvería. Porque en este mundo el amor engendra al amor, pero el capricho sólo engendra al hastío. A pesar de tus locuras te he seguido queriendo porque adivinaba en ti un espíritu infantil a quien no se puede exigir la responsabilidad de sus actos y también porque respetaba en mí el primer amor que tú habías logrado inspirar. Aun hoy te quiero con toda mi alma, pero...
—Sí, ya sé que no puedo ser tu esposa. Seré tu criada..., tu esclava—interrumpió Soledad con ímpetu.
—¡Silencio! Para el hombre de corazón nada hay más imposible que la maldad. Una voz interior me dice que he nacido para protegerte, para salvarte de la infamia. Confíame tu suerte. Ignoro lo que serás con el tiempo para mí, pero puedes estar segura de que nada haré que pueda rebajarte. Sin tregua ni descanso trabajaré desde hoy por elevarte, por dignificarte, para sacar de ti el ser inocente y noble que mi cariño me ha dicho siempre que existe.