—¡Tío, no la enredemos ahora que estamos todos alegres!—exclamó Frasquito exasperado.
—¿No quieres que lo cuente? Está bien: te guardaré el secreto. Pero de aquí en adelante hazte cuenta que no eres mi sobrino... ¡Quiero que seas mi tío!
Velázquez atajó la disputa llevándose a Frasquito. Todos se despidieron del capitán afectuosamente y de nuevo bajaron la escala, acomodándose como mejor pudieron en las dos lanchas que los habían traído. Una vez en ellas, como el día continuase sereno y el mar sosegado, a uno de ellos se le ocurrió acompañar a la corbeta algún trecho. Se aceptó con regocijo la idea. El capitán hizo al instante levar anclas y el buque, arrastrado penosamente por sus dos botes, emprendió una marcha lenta hasta llegar a paraje abierto donde pudiera desplegar las velas. Las lanchas le daban escolta.
Reinaba el júbilo en éstas, cambiándose entre unos y otros mil bromas y donaires. El blando movimiento de las olas y la fresca caricia de la brisa excitaban más su alegría. Velázquez no se había sentado al lado de Mercedes. Por un sentimiento de delicadeza prefirió colocarse entre sus futuros suegros. Cuando el bullicio se hubo calmado un poco, les habló en voz baja de este modo:
—Un sueño me parece lo que está pasando. Me encuentro sentado entre ustedes; veo allí a Mercedes, con la cual no tardaré en casarme, y apenas puedo creerlo. Dios no ha querido que fuese a morir en tierras extrañas, sino que viva entre mis amigos al lado de una esposa que no merezco. Después de Dios a ustedes se lo debo. Quisiera poder demostrarles mi agradecimiento no con palabras, sino con hechos. Creo que la mejor manera será haciendo a su hija feliz y a esto me comprometo... Aquel Velázquez calavera, mujeriego y pendenciero se marcha en ese barco para el Perú. El que aquí queda es un hombre decente que sabrá mientras viva querer a su esposa y respetarles a ustedes.
El viejo Cardenal aprobó con la cabeza las palabras del majo; pero la madre replicó con acento en que se traslucía aún la cólera:
—No creas que te entrego a mi hija de buena voluntad. Lo hago porque la conozco y sé que si la contrariase enfermaría. A mí no se me olvidan los desaires que la has hecho y si estuviese en su lugar puedes estar seguro de que no volverías ahora tan satisfecho a Cádiz.
—¡Silencio, mujer!—interrumpió el padre con energía, y volviéndose a Velázquez añadió gravemente:—Las mujeres perdonan mejor los agravios que las hacen que los que hacen a sus hijos. Eres nombre de juicio y sabrás disimular el resentimiento de una madre. Yo te doy mi palabra de que haciendo feliz a Mercedes no tardará en desaparecer.
Llegaron al fin a la mar libre. La Esperanza izó algunas velas y su tripulación dejó los botes para subir a bordo. Los remeros de las lanchas recibieron orden de mantenerse quietos. Todos se despidieron con mucha gritería del capitán e inmediatamente pusieron proa a la ciudad.
El sol iba a ocultarse. El firmamento azul se teñía de púrpura en Occidente con viva incandescencia que ascendía hasta el cenit, fundiéndose gradualmente en tintas de grana y oro hasta perderse en suave y maravilloso rosicler. El vasto Océano llameaba recibiendo en su seno con misterioso temblor el disco del sol, grande, rojo, resplandeciente. Todos se alegran contemplando este sublime espectáculo. La fresca brisa de la tarde baña su rostro. Vuelven los ojos a tierra y su gozo aumenta viendo a Cádiz surgir de las aguas con su ceñidor de espumas, con su crestería que los rayos del sol doran como la corona gigantesca del dios de los mares.