—¡Anda! ¡Abrázala, cobarde!... ¡Hazte cuenta que no somos nadie!

Pepa y Paca alzaban a su vez a Mercedes y la empujaban hacia su novio. Este la abrazó con efusión.

—Ya no hay viaje, capitán—dijo luego volviéndose al de la corbeta.

—La primera vez que me alegro de separarme de ti, Velázquez—repuso éste estrechándole la mano.

Acometidos de un vértigo, todos hablaban y nadie se entendía. Mas he aquí que el prudente Frasquito se acerca a Velázquez y le dice misteriosamente:

—Oye, chico, pero ¿vas a perder el dinero del pasaje?

El majo suelta una ruidosa carcajada y exclama dándole afectuosas palmadas en la espalda:

—¡Sí que lo pierdo! ¿Quieres aprovecharlo tú?

El señor Rafael había oído la carcajada y se acercó para saber lo que se trataba. Velázquez le informó riendo. Dió el viejo un paso atrás y, mirando fijamente a su sobrino, se santiguó diciendo con gravedad:

—Sobrino, no nos separamos. Yo no deshago la sociedad. Eres el único sabio que hay en Cádiz. Déjame, por Dios, que cuente este golpe a todo el mundo para honra de la familia.