Y su madre y su prima se lanzaron al mismo tiempo indignadas y enfurecidas sobre ella.
—¡Cómo!... ¿No te da vergüenza? ¡Llorar por un hombre que se burla de ti! ¡Loca!, ¡más que loca! ¡Vaya un paso chistoso!
La joven, sin responder a tales invectivas, seguía llorando con el rostro entre las manos.
Entonces Velázquez avanzó hasta colocarse entre ella y las que la injuriaban, y dijo gravemente con voz temblorosa:
—Si lo que ustedes dicen es cierto, si las lágrimas de esa niña se vierten por mí, sólo puedo demostrarles que no he querido burlarme ofreciéndoles casarme mañana mismo con ella... Ya sé que no la merezco, pero juro por mi salud que haré cuanto pueda por merecerla.
Al oir estas palabras, un grito de júbilo estalló en la reunión. Todos palmoteaban; todos chillaban dirigiéndose exclamaciones de asombro y de gozo.
—¡Tiene gracia! ¡Venir a un duelo y salir un casorio!...—A mí me daba el corazón que los dos se querían...—¡Y a mí!—¡Y a mí!
El señor Rafael, loco de alegría, gritaba:
—¡Vivan los novios! El día qué os caséis prometo emborracharme..., lo que no hice en los días de la vida.
Y empujando al mismo tiempo a Velázquez contra Mercedes, añadía: