Nadie respondió. Silenciosamente se fueron acercando uno por uno a Velázquez y le abrazaron con emoción. El procuraba disimular la que sentía bajo una sonrisa forzada. Vinieron después las mujeres y le estrecharon la mano. “Buen viaje. Buena suerte. ¡Que Dios te traiga pronto!” Paca le entregó un escapulario de la Virgen del Carmen rogándole que se lo pusiese. El majo le dió las gracias llevándolo a los labios.

Cuando llegó el turno a Mercedes, Velázquez la retuvo las manos entre las suyas un momento y la dijo por lo bajo, viéndola sonreir:

—¡Qué contenta estás, Mercedes! ¿Te alegras de que me vaya, verdad?

—Ni me alegro ni me entristezco. Pues que nadie te obliga a marchar, debe de ser un viaje de recreo el que haces—respondió ella sin dejar de sonreir.

—Sí, te alegras, lo estoy viendo en tu semblante... Haces bien; yo no he servido más que para darte jaqueca. Perdóname y que Dios te haga muy feliz, como deseo.

—¡Adiós!—repuso lacónicamente la joven.

Se estrecharon la mano con fuerza y se apartaron. Pero el rostro de la niña al hacerlo empalideció, dió unos pasos atrás como si estuviese mareada y se dejó caer sobre un cable enrollado; tapóse los ojos con las manos y comenzó a sollozar fuertemente.

Quedaron estupefactos todos. Hubo unos momentos de silencio. Varios acudieron al fin solícitos preguntándole:

—¿Qué te pasa, Mercedes? ¿Te has puesto mala? ¿Qué te pasa, hija, qué te pasa?

—¡Qué le ha de pasar!—exclamó su hermana Isabel roja de ira—. ¡Que se ha caído de tonta!