—Joaquina, Joaquina.
No despertó.
—Joaquina, Joaquina—repitió.
Tampoco hizo movimiento alguno. Entonces la sacudió levemente por el hombro, llamándola de nuevo.
La dama dió un grito y despertó despavorida.
—¡Jesús! ¿Quién es? ¿Quién va?
—No te asustes, soy yo—dijo con voz débil el mayorazgo.
—¿Quién? ¿Quién?—replicó la dama, con señales de terror en la voz, echándose hacia la pared.
—Soy yo, soy Alvaro... Mira—añadió con voz temblorosa,—sé que has venido a hacer las amistades... Has hecho bien... Olvidémoslo todo, comencemos una nueva vida...
La dama no respondió. Metida contra la pared, escuchábase su respiración aún anhelante por el susto.