—Hice esfuerzos sobrehumanos para olvidarte—prosiguió con la voz misma temblorosa, apagada por la emoción,—pero fueron inútiles... Estás metida a hierro y fuego dentro de mi pecho... Has sido mi primero, mi único amor en este mundo... Me has hecho mucho daño, ¡mucho! pero aunque me hicieses mil veces más, no se borrarán de mi alma los momentos de dicha embriagadora que te debo... ¡Te quiero, sí, te quiero, te adoro!... Aunque me llamen cobarde, indigno, lo repetiré a la faz del mundo entero... ¡Si supieses cuánto he sufrido! No ha sido mi dignidad, mi orgullo destrozado, lo que me ha hecho padecer... Mi corazón es el que ha sufrido... ¡Qué desconsuelo! ¡Qué tristeza tan honda! Parecía como si una mano helada me arrancase suavemente las entrañas... Pero ya pasó todo... ¿Verdad que ya pasó?... Comenzaremos a amarnos de nuevo, como aquella tarde en que te estreché entre mis brazos por primera vez, en una calle de árboles de los jardines de Aranjuez...
El mismo silencio por parte de Joaquinita.
—Contéstame... ¿Te he asustado, vida mía? Perdóname... ¿Por qué no has salido luego que se fué ese cura?... ¿Pensabas que iba a arrojarte?... No, preciosa mía... no... Te quiero, te adoro...
Al mismo tiempo, alargando las manos, tropezó con una de su esposa, la cogió y la llevó a sus labios con entusiasmo. La dama la retiró prontamente.
D. Alvaro quedó sobrecogido.
—¿Por qué me retiras tu mano?... ¿No te tiendo yo la mía, y soy el ofendido?... ¿No has venido a reconciliarte conmigo?...
—Sí, sí, Alvaro—murmuró ella.—A eso he venido... Me has asustado...
—Perdóname, Joaquina... ¡Si supieses qué alegría me causa el oir tu voz! Pensé que nunca ya, ¡nunca ya! la volvería a oir. ¿Quieres ser mi esposa?—añadió bajando la voz, inclinándose para acercar la boca al rostro de la dama.—Déjame un sitio a tu lado, hermosa... Déjame ser una noche feliz...
—No, Alvaro, ahora no—volvió a murmurar la esposa infiel.—Mañana... Déjame, estoy muy cansada... Déjame hasta mañana...
—No te molestaré. Me estrecharé cuanto pueda y dormirás tranquila...