Así le sorprendió la claridad del día, un día triste y sucio, como casi todos los del invierno en Peñascosa. Alzóse al fin, como un sonámbulo, entró en la alcoba y se dejó caer pesadamente en la cama. Ramiro no pudo despertarle a las nueve para tomar el desayuno. Era un sueño invencible, de aniquilamiento, semejante a la muerte. Dormía en una inmovilidad absoluta, con los ojos entreabiertos y el rostro densamente pálido. Cuando a las tres de la tarde salió de aquel profundo letargo, supo, sin asombro alguno, que su esposa se había marchado en la diligencia de Lancia.

LA ALDEA PERDIDA

LA Aldea perdida, que he titulado novela-poema, es en efecto tanto un poema como una novela. Y si Dios me hubiese dotado con la facultad de fabricar versos armoniosos como a Garcilaso de la Vega, seguramente la escribiría en verso.

Está empapada toda ella de los recuerdos de mi infancia. Su escenario es la pequeña aldea de las montañas de Asturias donde he nacido y donde se deslizaron muchos días, si no todos, los de mi niñez.

Para un niño aquellas peleas a garrotazos entre un puñado de rústicos, que a un hombre le causarían risa, tomaban proporciones colosales, homéricas. Quizá hoy si presenciásemos las luchas homéricas entabladas ante los muros de Troya, nos harían reir también.

Después he visto aquel amado valle natal agudamente conmovido por la invasión minera. Su encanto se había disipado. En vez de los hermosos héroes de mi niñez vi otros hombres enmascarados por el carbón, degradados por el alcohol. La tierra misma había también sufrido una profunda degradación. Y huí de aquellos parajes donde mi corazón sangraba de dolor y me refugié con la imaginación en los dulces recuerdos de mi infancia. De tal estado de ánimo brotó la presente novela.

Es la primera y única vez que dejé su nombre verdadero a esta región. La había ya descrito en El Señorito Octavio y en El Idilio de un enfermo con nombre supuesto. Aquí no sólo conservé los nombres de los sitios, sino también los de algunos personajes que en la acción intervienen. La casa de Entralgo es la mía solariega. Su dueño, D. Félix Ramírez del Valle era mi abuelo, a quien sólo guardé sus iniciales, pues se llamaba D. Francisco Rodríguez Valdés. Su criado Linón de Mardana, que lo fué después de mis padres y por último mío, murió hace cuatro años de más de noventa.

A nadie sorprenderá, pues, mi predilección por esta novela. Si hubiesen de perecer todas y se salvase una del olvido, quisiera que fuese ésta. La escribí para mí únicamente como el hombre que se divierte haciendo solitarios con una baraja. No pude imaginar que pudiera ser gustada más que por algunos viejos asturianos como yo. Sin embargo, contra todos mis cálculos, fué acogida con extraordinaria benevolencia, y es una de las que más se han popularizado. Algunos críticos, con razón o sin ella, la prefieren a todas las otras. Tan cierto es que en literatura nada hay mejor que dar gusto a sí mismo para dárselo a los demás.