EL DESQUITE
Los mozos del valle de La viana se hallaban divididos en dos bandos. De un lado, los de las parroquias de Lorío y Condado; de otro, los de Entralgo y Villoria. En las romerías era donde especialmente estallaban las reyertas y donde se apaleaban lindamente; pero también en particular y en días ordinarios solía haber algunos choques. Jacinto de Fresnedo, mozo de la parroquia de Villoria, galantea a Flora que es de Lorío. Una noche va a visitarla. Saliendo de su casa, tropieza en el camino con Toribión de Lorío y otros mozos, que le arrancan el palo, le golpean y le torgan. La torga consiste en amarrar el propio palo a la espalda de un mozo con los brazos en cruz y luego soltarle los pantalones, para que, formando grillete, apenas le deje caminar. Jacinto con gran dificultad logra llegar a su casa. Su primo Nolo de la Braña, que por desabrimiento con sus amigos se hallaba hacía tiempo apartado de las peleas, indignado con la humillación infligida a un pariente tan cercano, se decide a vengarle.
CUANDO un mensajero enviado de Villoria anunció a Nolo la humillación que los mozos de Lorío habían infligido a su primo, en el primer momento se resistió a creerlo. Rendido, sin embargo, a la evidencia, fué acometido de un furor insano que puso en huída al zagal que le trajo la noticia. Se arrancaba los cabellos, pateaba el suelo como un potro no domado, batía contra las paredes de su casa los aperos de la labranza, lanzaba terribles imprecaciones y amenazas. Al fin cayó en una calma más terrible aún que su furor. Quedó pálido y profundamente sosegado. Subió a su cuarto para vestirse el traje de los días de fiesta, el calzón corto de paño verde con botones dorados de filigrana, el chaleco floreado, la blanca camisa de lienzo que la tía Agustina había hilado con sus manos primorosas; ciñó a sus pies los borceguíes de becerro blanco, cubrió su cabeza con la montera picuda de terciopelo, echó en seguida sobre sus hombros la chaqueta; tomó su palo. Así ataviado se puso en marcha y bajó a Fresnedo. Llamó en una de las primeras casas; preguntó por uno de sus amigos; le dijo algunas palabras al oído. El semblante del mozo se contrajo. Nolo le hizo una pregunta en voz baja. Respondió el mozo con un signo de afirmación. Nolo se despidió. En esta forma recorrió las casas de los más bravos guerreros de Fresnedo. Luego envió emisarios a las Meloneras, a los Tornos y a Navaliego. Después bajó a oir misa a Tolivia.
A las tres de la tarde se reunían en las afueras de esta aldea hasta cincuenta mozos de los altos de Villoria, la flor de la juventud montañesa del valle de Laviana, y emprendieron la marcha hacia la romería del Otero. ¿Por qué tan tarde? A la hora en que llegaréis, galanes, la romería estará muy cerca de deshacerse: las hermosas zagalas buscarán ya con la vista a sus parientes para reunirse a ellos y tomar el camino de su casa. No importa. Hoy no es día de festejar a las rapazas.
Marchaban fieros y graves, el rostro contraído, la mirada fija. Ninguna chanza alegre se escuchaba entre ellos como otras veces: ni una palabra salía de sus labios. Sus pasos sonaban huecos y lúgubres por la calzada pedregosa. ¡Así os ví cruzar por Entralgo con vuestras monteras sin flores, con vuestros palos enhiestos como una nube que avanza negra por el cielo para descargar su fardo de cólera sobre alguna comarca próxima! Mi corazón infantil palpitó y desde el corredor emparrado de mi casa os grité:
—Nolo, ¿vais a zurrar a los de Lorío? ¡Llévame contigo!
Yo te vi sonreir, intrépido guerrero de Villoria. Alzaste la mano y me enviaste un gracioso saludo.
En vez de cruzar la barca, subieron un poco río arriba y lo salvaron por un vado descalzándose previamente. A toda costa no querían llamar la atención y caer sobre la romería de improviso. Una vez en el camino de la Pola ascendieron por la montaña hacia el santuario del Otero, no siguiendo el camino trillado, sino por senderos extraviados.
El campo donde la fiesta se celebraba era un prado casi circular y llano sobre la misma colina. Más de la mitad de él, por la parte superior, estaba rodeado de un espeso bosque de robles. Los de Fresnedo se ocultaron allí sin ser vistos de la gente de la romería.
Hallábase ésta en todo su esplendor. Hervía el campo con rumor gozoso de cantos y risas y pláticas ruidosas. Una muchedumbre vestida de día de fiesta discurría por él entrando y saliendo de la iglesia, parándose delante de los puestos de bebidas, comprando frutas y confites o agrupándose en torno de los bailarines. Debajo de un hórreo próximo al templo sonaban la gaita y el tambor y allí más de dos docenas de mozos y mozas se entregaban con furor al baile. Más lejos, en paraje descubierto, danzaban otros formando enormes círculos que giraban cadenciosamente al compás de sus cantos.