—Florita, ¿dónde tienes a Jacinto?—preguntó una joven de la Pola a la gentil molinerita de Lorío.

Ambas se hallaban próximas al hórreo contemplando el baile.

—¡Madre! ¿Es algún gato Jacinto que se trae y se lleva en una cesta?—respondió Florita enseñando para reir las perlas de sus dientes.

—Si no lo es, alguna vez quisiera convertirse, aunque no fuese más que para saltarte sobre el regazo.

—¡Calla, tonta! Pronto le diría ¡zape! Los gatos dejan muchos pelos en la ropa—exclamó la zagala dando un cariñoso empujón a su amiga que por poco le hace caer de espaldas.

—¡Vaya, que antes ya le pasarías la mano sobre el lomo!... ¡Pobrecito! ¡Pobrecito menino!

—¡Fu! ¡fu! ¡Zape!—gritaba la niña emprendiéndola a pellizcos con la burlona y retorciéndose de risa.

Sin embargo, al cabo quedó seria. Estaba sorprendida y despechada al mismo tiempo de no ver a su novio en la romería. ¿Se iría a hacer el desdeñoso aquel zarramplín después de haberle arrancado la confesión de su amor? Esta idea inquietaba su orgullo y arrugaba su frentecita.

—¿Lo ves cómo te quedas seria?—le dijo su amiga con ojos maliciosos.—No puedes ocultar que estás chaladita perdida por Jacinto.

Hizo un mohín de desprecio la linda morenita.