Después, sereno, majestuoso, semejante a un dios recorrió el campo de la fiesta sin que nadie se opusiera a su marcha triunfante.
Hartos de apalear y perseguir a los de Lorío, no tardaron en llegar los zagales victoriosos de Entralgo y de Villoria lanzando gritos de triunfo. De nuevo se puebla el campo de romeros y por algún tiempo reina la misma animación. Los mozos vencedores, ebrios de alegría, quieren depositar su triunfo a los pies de las rapazas y les ofrecen sus monteras llenas de confites y avellanas tostadas. Sonríen ellas, se hacen las melindrosas; insisten ellos y a pesar de su fuerza indomable se muestran ruborosos y humildes como niños.
Jacinto se acerca a Flora. Su rostro aún está contraído, sus manos tiemblan, todo su cuerpo manifiesta extraña agitación.
—¿Qué mosca te ha picado, Jacinto?—le pregunta la linda morenita mirándole con una risa maliciosa.
—¿Sabes lo que han hecho ayer noche conmigo tus vecinos?—exclama rudamente el mozo.
Flora le mira sorprendida.
—Pues en cuanto salí de tu casa, antes que llegase a Rivota, entre Toribión y otros tres me torgaron.
Un relámpago de ira pasó por los ojos de la zagala.
—¿No te dije que no te fiases de ellos, Jacinto? ¡Que eran muy burros! ¡muy burros!