Demetria, hija natural de una señora de elevada alcurnia de Oviedo, fué entregada al nacer a unos labradores de Canzana, el tío Goro y la tía Felicia. Se crió como hija suya y llegó á los diez y seis años sin conocer el secreto de su nacimiento. Su verdadera madre, arrepentida del abandono en que la había tenido, se presenta un día en Canzana reclamándola. Demetria estaba en relaciones amorosas con Nolo de la Braña. Tanto por esto, como por el intenso cariño que profesaba a sus padres y hermanos putativos, experimenta un profundo pesar.
ASÍ fué como los de Entralgo lograron el desquite, ganando inmensa gloria. Pero el hijo intrépido del tío Pacho de la Braña no pudo saborearla porque no halló en la romería a Demetria, aunque largo tiempo la buscó por todas partes. Nadie le daba noticia de ella, ni del tío Goro ni de Felicia. Preguntó a Flora y ésta tampoco sabía por qué su amiga dejara de asistir a fiesta tan renombrada. Con el corazón lleno de tristeza el héroe de la Braña iba y venía de un grupo a otro, siempre con la esperanza de hallar en alguno a su dueño bien querido. Cuando se llegó la noche y aquella muchedumbre se fué dispersando tomó la resolución de ir a Canzana y así lo comunicó a sus compañeros. Pero el prudente Quino le habló de esta manera:
—Yo no dudo, Nolo, que vayas a Canzana esta noche, aunque bien sabes que los de Lorío no dejarán de esperarte en el camino. Si todos los hemos agraviado ahora, a nadie más que a ti guardarán rencor. Grande alegría les darías si pudiesen saciar en ti su venganza, porque tú fuiste quien les preparó la garduña en que cayeron. Mi parecer es que dejes la visita hasta mañana y que la hagas a la luz del día, cuando todos esos mozos estén en el trabajo. Y si es que no quieres dejarla, entonces nosotros te acompañaremos después hasta Villoria.
El hijo del tío Pacho lanzándole una mirada feroz le respondió:
—Pasmárame a mí que no salieses con alguna de las tuyas. ¿Quién sino tú pudiera meterme miedo con esos mamones que todavía están corriendo y no pararán hasta esconderse debajo del escaño de su casa? Tienes el corazón de liebre y vales más para comer la torta y la leche al pie del lar que para sacudir garrotazos en las romerías. Guárdate, guárdate en casa esta noche, que yo no necesito que nadie me dé escolta.
El industrioso Quino sintió que el calor subía a sus mejillas y replicó encolerizado:
—Nada te he dicho, Nolo, que merezca que me insultes de ese modo, y no es de mozos criados en ley de Dios hacer ofensa a los amigos que se han portado bien. Si yo como la torta al pie del lar, tú la comes también, porque no te mantienes del aire, y si tú das garrotazos en las romerías, garrotazos sacudo yo cuando se tercia. Vete solo si quieres, que no será Quino de Entralgo quien te lo estorbe.
Iba a contestar Nolo con otras pesadas palabras; pero el intrépido Celso de Canzana, temiendo que la disputa llegase a pelea, se apresuró a intervenir.
—Ya que lo veo necesario, Nolo, voy a decirte lo que sé y que según las trazas nadie ha querido contarte hasta ahora. Esta mañana se presentó en Canzana una gran señora y preguntó por el tío Goro y la tía Felicia. Entró en su casa, habló con ellos y también con Demetria y se fué en seguida. Allí se dice que esta gran señora es la madre de tu rapaza y que se la lleva para Oviedo o Gijón. Ahora ya sabes por qué no ha venido esta tarde a la romería. Si quieres ir a Canzana puedes hacerlo, y si a la Braña lo mismo. De todos modos, los mozos de Entralgo estamos siempre para lo que gustes mandar.
Quedó Nolo suspenso y acortado al escuchar estas palabras. Una gran tristeza inundó su corazón y empalidecieron sus mejillas. Apenas pudo murmurar las gracias. Repuesto un poco, al cabo se despidió de sus amigos manifestando que iba derecho a su casa.