Se acostó en la cama, pero no pudo gozar de las dulzuras del reposo. Todas sus ilusiones se huían. Aquel amor profundo, el primero y el único de su vida, se disipaba como un sueño. Lo que tenazmente se susurraba hacía tiempo y había llegado varias veces a sus oídos resultaba cierto. Demetria no era hija de aldeanos, sino de señores, y señora ella misma por lo tanto. ¿Cómo se acordaría en las alturas de su nueva posición de la bajeza de aquel aldeano que la amaba? ¡Oh, cuánto la amaba! El pobre Nolo daba vueltas en su lecho cual si tuviese espinas.

Por la mañana pensó en comunicar con su madre tan tristes noticias, pero no pudo hacerlo. La voz no quiso salir de su garganta; temía echarse a llorar como un niño. Salió a trabajar, pero en vez de hacerlo dejóse caer bajo un árbol, y así se estuvo toda la mañana inmóvil, con los ojos extáticos. Un deseo punzante le acometió, el de ver por última vez a Demetria y despedirse. Quizá no se hubiese marchado aún. Si se había marchado, quería ver siquiera aquella casa en que ella respiró y sentarse en la misma tajuela y hablar con los que siempre había tenido por padres. Comió apresuradamente y salió con disimulo sin decir una palabra.

Bajó a Villoria. Una vez allí, en vez de tomar el camino real de Entralgo, a la derecha del riachuelo, siguió la margen izquierda, por la falda de la montaña, a la altura de Canzana.

Tampoco Demetria logró dormir aquella noche. Había pasado todo el día sumida en profunda tristeza, llorando a ratos amargamente, haciendo, sin embargo, penosos esfuerzos para mostrarse serena a fin de no aumentar el dolor de la buena Felicia que estaba inconsolable. Lo que más entristaba a la zagala era que ésta perdiera aquella confianza maternal para tratarla y reprenderla. Se mostraba, a par que afligida, un poco confusa en presencia de la que ya no podía llamar hija.

Esperó con ansia la noche para ver a Nolo, pues no dudaba que éste, no hallándola en la romería, viniese a Canzana. Amargo desengaño experimentó al observar que se llegaba la hora de irse a dormir sin que el mozo de la Braña llamase a su puerta. Y el mismo punzante deseo que a Nolo le acometió a ella: el de despedirse y darle testimonio de su constante amor.

Al día siguiente toda la mañana empleó en los preparativos de su viaje. Efectuáronse éstos en silencio y tristemente. La casa estaba como si hubiera muerto alguno. Después de comer manifestó que iba a Lorío a despedirse de Flora; la avergonzaba mucho manifestar su verdadero designio. Bajó la calzada de Entralgo, pero antes de trasponer el puente siguió la margen izquierda del río, pasó por el cimero de Cerezangos y se dirigió a Villoria.

Los caminos eran de montaña: unas veces senderos en los prados, otras en los bosques de castaños, otras, en fin, calzadas estrechísimas entre paredillas recubiertas de zarzamora y madreselva. En el recodo de una de estas calzadas se encontró de improviso con Nolo. Ambos quedaron sorprendidos y sonrieron avergonzados sin pronunciar palabra. Fué Demetria quien primero rompió con franqueza el silencio:

—Iba a la Braña, Nolo.

—Y yo a Canzana, Demetria.

—Tenía que hablarte.