—Sí, por ellos es... y por ti también—añadió rápidamente y en voz más baja.

Un estremecimiento sacudió el cuerpo del mozo de la Braña.

—¡Oh, por mí!... ¡Bien te acordarás cuando seas señora y vistas de seda y cuelgues de las orejas pendientes que reluzcan como candelas de este pobre aldeano que allá en la Braña destripa terrones!

—Calla, Nolo, calla—profirió ella con acento severo—. No me obligues a decir lo que no debo. Ya pueden ponerme los vestidos que quieran: debajo de ellos siempre estará Demetria, la misma rapaza para quien hacías zampoñas y buscabas nidos allá en el monte, la misma que acompañaste en las romerías tantas veces.

El mozo de la Braña escucha estas nobles palabras con alegría y guarda silencio paladeando su sabor delicioso.

—Si en Canzana hubieran querido—añadió la joven después de un rato con acento no exento de amargura—nadie me sacaría de casa.

—¡Qué iban a hacer los pobres, si no son tus padres!—murmuró Nolo.

Ellos nada, pero dejarme a mí que lo hiciera.

—Bien sabes, Demetria, que eso no puede ser. Ni tenían razón para ello, ni se habrán atrevido a aconsejártelo.

Calló la zagala, comprendiendo que Nolo tenía razón, que su queja era injustificada.