—De todos modos—profirió después con resolución—, si ahora me marcho, algún día volveré. Nadie me quitará de venir a ver a mis padres... Y si me lo quitan, ya sabré lo que he de hacer.

—¿Cuándo te marchas?

—Mañana. Regalado, el mayordomo de don Félix, quedó encargado de llevarme.

Acerca del viaje y sus preparativos, de la aflicción de sus padres y de sus pequeños hermanos departieron todavía un rato. Ni una palabra volvieron a hablar de sí mismos. La plática corría lánguida y apagada. Debajo de sus palabras indiferentes se transparentaba una tristeza profunda. Ambos tenían la voz levemente enronquecida y temblorosa. Al cabo, después de una larga pausa, Demetria dejó escapar un suspiro y como si saliese de un sueño exclamó:

—Bueno, Nolo: es hora ya de separarnos. No sé si tendré tiempo de ir a Lorío a despedirme de Flora y volver antes de la noche.

—Sí lo tienes. Mira; el sol está muy alto todavía.

Demetria guardó silencio y permaneció inmóvil mirando por encima de la paredilla a las altas montañas de Mea. Y sin apartar de ellas los ojos profirió:

—¿Vendrás mañana a despedirme?

—No—respondió el mozo con firmeza.

—Haces bien. ¿Para qué llamar la atención de la gente?