Y después de una pausa añadió tendiéndole la mano:

—Adiós, Nolo, que Dios te proteja como hasta ahora, que proteja a tus padres y a tus hermanos y al ganado que tenéis en la cuadra.

—Adiós, Demetria. El te guarde tan buena como eres y te traiga pronto por acá.

Se estrecharon las manos, se miraron con amor a los ojos unos instantes y se apartaron con el corazón desgarrado, pero grandes, serenos como la Naturaleza que los rodeaba, hermosos y castos como dos mármoles de la antigüedad.

—Oye, Demetria—dijo él volviéndose repentinamente.

Demetria también se volvió.

—Toma esos claveles—añadió quitándose la montera y arrancando de ella los que llevaba prendidos—. Si pasas por la iglesia de Entralgo déjalos a la Virgen del Carmen. Es nuestra madre y ella nos juntará otra vez.

Tomólos la zagala sin decir una palabra. Ambos se alejaron con paso rápido. Ella lloraba. El con los ojos secos y la mirada altiva marchaba erguido y arrogante, aunque llevase la muerte en el alma.

En vez de seguir el mismo camino y pasar a Entralgo por el puente del Campo de la Bolera, Demetria bajó al río, lo atravesó por unas grandes piedras pasaderas que debajo de Cerezangos hay y siguió la margen derecha hasta dar pronto en la iglesia de Entralgo. Empujó con mano trémula la puerta y entró. Se hallaba el templo solitario en aquella hora. La zagala se postró ante la sagrada imagen de la Virgen, y sollozando, con palabras fervorosas pidió protección para ella y para Nolo: besó repetidas veces el ramo de claveles que éste le había dado y lo dejó a los pies de la Madre de los desconsolados.

Al salir tropezó cerca del pórtico con la tía Brígida y la tía Jeroma, aquellas venerables hermanas que tuvieron la dicha de dar al mundo al prudente Quino y al pernicioso Bartolo, de fama inmortal. La habían visto desde un prado próximo entrar en la iglesia y picada su curiosidad bajaron rápidamente a esperarla. Ambas quedaron fuertemente sorprendidas al hallarla con los ojos enrojecidos por el llanto.