—¡Adiós, adiós!
El tío Goro, pálido como la cera, se acerca todavía a su hija, le estrecha las manos, se las besa y le vierte al oído estas memorables palabras:
—Aprende, hija, aprende a leer por los papeles, que la persona que no sabe semeja (aunque sea mala comparanza) a un buey.
Luego se retira demudado como si fuera a caer.
LA HERMANA SAN SULPICIO
ESTA es la novela entre las mías que ha logrado mayor popularidad en España. Lo que entretiene es lo que primero se difunde, y esta narración goza opinión de divertida. Algunos críticos, harto indulgentes, han querido ver en ella una obra representativa, un bosquejo de la sociedad andaluza. No he aspirado a tanto. He narrado una aventura de amor y la he hecho florecer en el país del amor y de las flores; la he prestado el aliciente del contraste sin llegar al pecado; este es el secreto de su éxito lisonjero. El amor nos interesa a los viejos y a los jóvenes, a los grandes y a los pequeños. Todas las otras religiones tienen sus adeptos y sus herejes; pero en este favorable dios todos creemos; sus hazañas y prodigios constituyen la historia del linaje humano.
¿Cómo un hombre del norte, un casi gallego, ha podido lanzarse a la empresa de escribir la novela de la Andalucía? Alguien quizá lo explique por la facultad que nos atribuyen a poetas y novelistas de transmigrar por momentos y vivir la vida de los demás seres. Yo lo explico más humildemente, admitiendo que aquello que vemos por vez primera nos hiere con más eficacia y queda más impreso en nuestro espíritu que lo que presenciamos a diario desde nuestra niñez. Pocas semanas en Sevilla me han bastado para libar la deliciosa dulzura de aquella vida original, inspiradora, y saturarme de ella.
He averiguado que no pocos andaluces leyendo esta novela me han creído su compatriota. Aunque este error me honre en cierto modo no me enorgullece. Asturiano soy y quiero ser. Aunque lo duden mis buenos amigos de Sevilla, en la húmeda y frígida región donde he nacido también hay poesía.
No todos son buenos amigos míos en Sevilla a lo que pude entender. Hay allí personas que no han visto con buenos ojos la aparición de esta novela y se manifiestan descontentos de la pintura que de su ciudad he trazado. No me sorprende. Están tan acostumbrados a verse pintados en panderetas guarnecidas de madroños, que cualquier retrato suyo les sobresalta. Les pasa como a nuestros frailes de principios del siglo XIX, a quienes cualquier libro escrito en lengua francesa daba tufo de herejía.