Quisiera tranquilizarles. El que una población tenga carácter no la excluye del concierto de las demás civilizadas que no lo tienen. Sevilla es una ciudad culta, amable, hospitalaria. Nada ganará en cultura y decoro el día en que tenga calles anchas y casas de seis pisos y campos de foot-ball y los jóvenes enseñen las pantorrillas y las cigarreras vayan a la fábrica con sombrero. En cambio habrá perdido mucho de su atractivo.

Creo haber hecho en obsequio de su ciudad más de lo que esas personas recalcitrantes se figuran. Léase en el apéndice de este libro lo que dice Emilio Faguet de La Hermana San Sulpicio. Y como éste son muchos los extranjeros que por mi novela aman a Sevilla sin conocerla. Otros han venido a visitarla. Hace ya bastantes años, a un oficial de Artillería paisano mío le dieron a elegir por guarnición entre Barcelona o Sevilla. Estaba ya decidido por la primera ciudad, cuando acertó a leer La Hermana San Sulpicio. Así que la terminó pidió destino para Sevilla, allá se fué y allá se casó.

Desechen, pues, sus resquemores esos buenos sevillanos, no se avergüencen de lo típico y pintoresco de su ciudad natal, no ambicionen el transformarla en una ciudad moderna y rectilínea. La regularidad no es la belleza. Lo que ganamos en disciplina lo perdemos en iniciativa. En esas ciudades de calles tiradas a cordel no pocas veces, ¡ay!, los habitantes suelen estar también tirados a cordel.

PASEO POR EL GUADALQUIVIR

Ceferino Sanjurjo conoce a Gloria en las aguas de Marmolejo. Era monja dedicada a la enseñanza. La sigue a Sevilla. Ella deja el convento y se traslada a su casa. Sanjurjo logra enamorarla. Se hablan por las noches a la reja. Sanjurjo tiene un rival llamado Daniel Suárez que también había conocido a Gloria en Marmolejo. Como Sanjurjo frecuentaba la casa y la tertulia de Anguita, Suárez le calumnia haciendo creer a Gloria que tiene amores con Joaquina Anguita. Gloria celosa y enfurecida cita a Suárez para la reja a la misma hora en que solía hablar con Sanjurjo. Este cuando vino como siempre a «pelar la pava» experimentó la cruel humillación de ver su puesto ocupado. La calumnia y la intriga del malagueño quedan deshechas en el presente capítulo.

DEMASIADAMENTE confiado dormí yo aquella noche y dejé transcurrir el día siguiente. Por la tarde, poco antes de oscurecer, me fuí a situar en el puente de Triana, donde Paca me había dicho que la esperase para darme cuenta del resultado de la carta y de sus gestiones. Era la hora de más animación en aquel paraje. Los obreros y obreras de Triana que trabajaban en Sevilla tornan a sus casas. Los de Sevilla que trabajan en Triana y en la Cartuja hacen lo mismo. Unos y otros se encuentran en el puente, que hierve de transeuntes.

Arriméme perezosamente al pretil, de espaldas al río, y contemplé con ojos distraídos aquel ir y venir mareante. El atractivo de mi contemplación eran las caras saladísimas de las cigarreras y trabajadoras de la Cartuja que allí suelen verse. Unas en grupos resonantes de gritos y risas, otras solitarias, preocupadas, caminando a paso largo, todas con vistosos trajes de percal y flores en el cabello, pasaban por delante de mí, dirigiéndome alguna vez breves miradas de curiosidad y sorpresa, como si pensasen:

—¿Qué hará aquí este desaborío, que ni siquiera nos dise: ¡Ole la muheres castisas! ¡Viva tu mare, mi niña!