—¡Oh, si supiera usted, don Ceferino!... ¡Me están pasando unas cosas!... ¡Unas cosas!

La voz del sensible joven era temblorosa, apagada. Hacía tiempo que se hallaba en un estado de debilidad extrema. Ahora parecía que hablaba como si no hubiese tomado alimento desde hacía ocho días.

Miréle sorprendido y con curiosidad.

—¡Si supiera usted lo que me está pasando en este momento!

—¿Qué hay?

—Pues nada... Verá usted... Mi hermana acaba de darme un golpe terrible... Fuí a casa... Verá usted... Por la mañana le dije que no podía continuar de este modo... que era necesario resolver uno u otro... Más de veinte veces quise pedirle a Fernanda la conversación... pero cuando iba a hacerlo, se me ponía un nudo aquí en la garganta... Usted no sabe... aunque me matasen, no podía... vamos, no podía... Si yo tuviese tanto pico como mi hermana... ¡Maldita sea!... Le dije que me hiciese el favor de decírselo a Fernanda de mi parte, y que me la diese o me desengañase de una vez... Pues bien, verá usted... quedó en decírselo esta tarde... ¡Yo no puedo continuar así, don Ceferino, crea usted que no puedo continuar!... Pues bien, quedó en decírselo. Esta tarde debía venir Fernanda a casa. Matilde me dijo después de almorzar que saliese y no volviese hasta el oscurecer... y que cuando volviese estaría todo arreglado, o poco había de poder. Mi hermana se pinta para estas comisiones. Obedecí. Dí más de mil vueltas por Sevilla, y cuando vi que oscurecía me fuí a casa. Crea usted, don Ceferino, que me temblaban las piernas. Cuando llamé a la puerta estaba más muerto que vivo. Salió Matilde a la cancela, y al verme se puso hecha una hiena: “¿Qué vienes a hacer aquí? ¡Márchate! ¡Vete ahora mismo!” Creí que el mundo caía sobre mí... No sé cómo pude salir del portal, ni sé cómo he llegado hasta aquí...

—¿Y no es más que eso?... Pues se apura usted por bien poco. Es que las ha sorprendido usted en el momento de la conferencia. Estoy seguro de que nada malo le sucederá... Fernanda le quiere a usted... Me consta.

—¡Oh, no!—exclamó el apasionado joven.

—Sí; le quiere a usted, hombre... Ya verá usted.

Estuve por decirle: “¿Cómo no ha de quererle, siendo vieja y fea y no teniendo a nadie que la mire a la cara?” Pero me contuve.