—¡Ay, don Ceferino, qué bien me está usted haciendo!—exclamó, dándome un abrazo y rozando con su estupenda nariz mi oreja izquierda.

—Nada, váyase usted tranquilo. Dé usted algunas vueltas por ahí, y luego, dentro de una media horita, cuando ya Fernanda se haya ido, entra usted en casa. Estoy seguro de que Matildita tiene para usted una buena noticia.

Eduardito me contempló un momento con sus ojos pequeños, insípidos; y algo avergonzado, con ansioso acento, me dijo:

—Si usted quisiera, don Ceferino, dar una vueltecita antes por allí... y luego salir a avisarme...

—Amigo mío—le respondí con tono triste y desengañado—, en este momento me hallo en igual caso que usted... Dentro de unos momentos voy a saber también si mi novia me quiere o me manda con la música a otra parte... Esto último será lo más probable. Conque ya puede usted dispensarme.

—Pero ¿cree usted que Fernanda?...—replicó con egoísmo feroz, sin tomar en cuenta para nada mi confidencia.

—Sí, hombre, sí; váyase usted tranquilo.

No se habían pasado diez minutos desde que el mancebo y su gran cartílago se alejaron, cuando apareció, por la boca del puente, Paca. En la primera mirada que me dirigió comprendí que todo se había perdido.

—No ha querido contestar, ¿verdad?—le pregunté sin saludarla, esforzándome por sonreir.

—¡Uf! ¡Cómo está con uté, señorito! Ni por un Señor Crucificao ha querío tomar la carta. Me ha dicho: “Paca, si no quieres que riña contigo, no vuervas en tu vía a hablarme de ese...”