—Pero ¿ese Daniel?...
—No haga usted caso... Lo ha escogido como instrumento para dárselos a usted... Por lo demás, entre usted y él ninguna muchacha puede vacilar—añadió sonriendo.
—Mil gracias.
Pero después que ambas primas hubieron resuelto este punto, quedó otro más difícil. La cuestión de permiso. Doña Tula se negó a darlo. Gloria estaba haciendo en su casa una vida conventual. Desde que se descubrió el galanteo de Marmolejo, sobre todo, la tenían terriblemente sujeta. Isabel acudió a su padre, quien mandó a doña Tula una cartita, diciéndole que no era aquello lo convenido, que se había prometido sacar al mundo a su sobrina para averiguar su vocación, y que se la tenía prisionera, peor que en el colegio; que aquello daría mucho que hablar en Sevilla, y que la rogaba, para evitar murmuraciones, que la concediese alguna libertad. Dos horas después vino una cartita con la autorización. La excursión se efectuaría, pues, al día siguiente, y los convidados partirían de la casa de los condes a las dos de la tarde.
—Invite usted de nuestra parte al amigo Villa. Dígale que es un ingrato... Hasta ahora no le he echado la vista encima—me dijo al tiempo de despedirme.
¡Pobre Villa!, exclamé para mí, observando el tono ligero con que pronunció estas palabras su ídolo. Y desde allí me fuí derecho a la cervecería, para darle el encargo. Cambió un poco de color al escucharme; pero me dijo con sosegada energía:
—Ya sabe usted, amigo Sanjurjo, que yo con esa mujer no puedo tener decentemente ni siquiera relaciones de buena amistad. Si me hubiese dado calabazas... nada... hubiéramos quedado tan amigos; pero el pregonar mis cartas y el consentir que se haga chacota de ellas, no lo olvidaré en mi vida... La saludaré cortésmente, le dirigiré la palabra con respeto, pero ser su amigo, ¡nunca!
Entendí que tenía razón, y no quise insistir. Aquella noche tampoco fuí a casa de Anguita. Hacía tres noches que no iba por no encontrarme de frente con Suárez. A las altas horas dí algunos paseos por la calle de Argote de Molina, y volví a sentir un placer intenso viendo la reja de Gloria cerrada.
Amaneció, al fin, el día 20 de Agosto, memorable en el curso de esta verídica historia. Amaneció brillante, como todos los anteriores, más que los anteriores a mi juicio. Pasé agitadísimo la mañana. Me puse un traje apropiado al caso, ligero, claro y holgado. Fuí a comprar un sombrero que había visto en un escaparate, muy adecuado para el sol y elegante, me afeité hasta dejar las mejillas suaves y tersas como las de un niño, también me puse un calzado de becerro blanco muy lindo; en una palabra, me preparé convenientemente para la gran batalla que por la tarde iba a librar. Observé que Villa no salía de casa y daba vueltas en torno mío, con cierta inquietud, y como si desease hablarme. Por fin, cuando nos avisaron para almorzar, me dijo desde la butaca donde estaba sentado en mi habitación, chupando un cigarro puro y envolviéndose en una nube de humo:
—¿Sabe usted, amigo Sanjurjo, que me voy de excursión con ustedes esta tarde?... Sí; voy—añadió en voz baja y con acento rápido—para que Isabel no se figure que me estoy muriendo de pena.