—Me alegro muchísimo. Hace usted perfectamente—respondí, y exclamé otra vez para adentro—: ¡Pobre Villa!
Durante el almuerzo estuvo alegre y jovial, como hacía muchos días no le veía, como si acabase de recibir una grata nueva.
A las dos en punto nos personamos en casa de Padul. Estaban ya allí casi todos los convidados: las dos chicas de Enríquez, con su mamá y el novio de una de ellas, Pepa y Joaquina Anguita (Ramoncita no había podido venir por estar con jaqueca), Daniel Suárez y el presbítero don Alejandro. Poco después llegaron Elena y su tío, y luego otro chico a quien no conocía. No estaba Gloria en el patio, donde se hallaban reunidos; pero tampoco vi a Isabel, y supuse que las dos se habían juntado en las habitaciones interiores. Tardaron poco, en efecto, en presentarse.
No me dirigió una mirada. Estaba grave contra su costumbre. Vestía un traje de color rojo con encajes blancos, ligero y de poco valor, que le sentaba de perlas. (¿Qué es lo que no le sentaba a aquella admirable criatura?) Saludé primero efusivamente a Isabel, porque la actitud de Gloria me imponía. Luego me aventuré a dar la mano a ésta, que me alargó la suya con marcada frialdad, mirando hacia otro lado. Isabel me hizo una mueca para indicarme que no tuviese miedo. Parecióme lo más prudente observar una conducta reservada, digna, esperando los acontecimientos, y me retiré hacia otra parte. Don Jenaro nos manifestó que se le había ofrecido un quehacer perentorio y sentía no poder ser de la partida, que íbamos bien autorizados por la señora de Enríquez, su prima Etelvina, don Mariano (tío de Elenita) y don Alejandro.
—Ya sé cuál es el quehacer del conde... Una juerga—me dijo Pepita por lo bajo.
—¿Cree usted?...
—¡Uf! Como si lo viera.
Las señoras en coche y los hombres a pie, nos trasladamos todos al muelle, donde nos esperaba una espaciosa falúa entoldada, con cuatro remeros sentados en la proa. El calor en aquel sitio era estupendo. El reflejo de las piedras abrasaba el rostro. Parecía que estábamos envueltos en una atmósfera de fuego. Ni los quitasoles, ni los sombreros de paja, ni los trajes de dril podían librarnos de la ardiente saña de aquel sol que desde lo alto del cielo amenazaba secar los árboles, el cauce del río y hasta la vida de nuestros cerebros. Las señoras nos aguardaron un rato sentadas a la popa. Cuando llegamos, nos acomodamos como pudimos. Daniel Suárez fué a sentarse ¡el miserable! al lado de Gloria, que le recibió con afectado regocijo. Villa y yo nos retiramos hacia la proa, pero al instante fuímos llamados por las damas, que se apresuraron a dejarnos sitio.
—Villa, aquí tiene usted asiento—dijo Isabel, con sonrisa dulce y como avergonzada, señalándole un puesto a su lado.
El comandante vaciló un momento, pero fué a ocuparlo. Joaquinita también me llamó. Hice como que no la oía, y fuí a sentarme entre la señora de Enríquez y Etelvina, un par de setentonas.