—Sentémonos—dijo Marta.—¡Cuánto mar se ve desde aquí! ¿no es cierto?

Ricardo se sentó a su lado y ambos contemplaron la húmeda llanura que se extendía a sus pies. Cerca de ellos ofrecía un color verde oscuro; a lo lejos era azul. Allá en el centro la gran mancha de plata seguía resplandeciendo con vivos destellos reflejando el encendido disco del sol. De los profundos senos líquidos de aquel infinito salía una música grave pero insinuante que empezó a sonar como caricia paternal en los oídos de nuestros jóvenes. El gran desierto de agua cantaba y vibraba en los espacios como el eterno instrumento del Hacedor. La brisa que de sus olas llegaba tenía una frialdad grata que les refrescaba las sienes y las mejillas. Era un aliento vivo y poderoso que ensanchaba su corazón y lo inundaba de sentimientos vagos y sublimes.

Ni uno ni otro hablaron. Gozaban contemplando la majestad y grandeza del Océano con un sentimiento humilde de su pequeñez y con vago deseo de participar de su fuerza sagrada e inmortal. Sus ojos paseaban una y otra vez, sin fatigarse nunca, por la línea indecisa del horizonte, que les revelaba otros espacios sin fin azules y luminosos. Sin darse cuenta de ello, por un movimiento instintivo, se habían acercado de nuevo uno a otro como si temiesen algo de la presencia de aquel monstruo que rugía a sus pies. Ricardo había pasado un brazo en torno de la cintura de la niña y la tenía sujeta suavemente para defenderla de cualquier peligro.

Al cabo de mucho tiempo, Marta volvió su rostro encendido hacia él y le dijo con voz conmovida:

—Díme, ¿me dejas apoyar la cabeza en tu pecho?... ¡Tengo unas ganas de llorar!

Ricardo la miró con sorpresa, y atrayéndola dulcemente hacia sí la acostó sobre su regazo. La niña le dió las gracias con una sonrisa.

—¿Te encuentras bien ahora?

—¡Oh, sí; muy bien, muy bien!

—¿Quieres dormir un poco a ver si te pasa ese malestar?

—No, no quiero dormir... Déjame... no me hables... ¡si supieras qué bien me encuentro!