Ricardo sonrió satisfecho y le acarició la cara como a un niño.

El agua batía la peña donde se hallaban, salpicándoles de espuma y entrando y saliendo sin cesar en las profundas concavidades de la roca, que parecía hueca como un edificio. Las corrientes que se precipitaban por ellas despertaban en su seno extraños y confusos rumores, que unas veces semejaban los ecos lejanos de un trueno, otras los ronquidos profundos de un órgano.

Marta, con la cabeza apoyada en el regazo del joven y la cara vuelta al cielo, hacía rodar sus grandes y límpidos ojos continuamente por la bóveda azul, con el oído atento a los graves rumores que debajo de ella sonaban. El viento fresco del mar no había conseguido aún apagar el ardor de sus mejillas.

—¡Atiende!—dijo de pronto.—¿No oyes?...

—¿Qué?

—¿No oyes entre los ruidos del agua algo parecido a un lamento?

Ricardo atendió un instante.

—No oigo nada.

—No; ya ha cesado... aguarda un poco... ¿No lo oyes ahora?... Sí, sí, no cabe duda... En las cuevas de esta roca hay alguien que se queja...

—No hagas caso, tonta. Es la resaca que produce sonidos extraños... ¿Quieres que me baje a mirar lo que hay dentro?