Y seguí adelante, muy contento de haber enviado a Gloria delicadamente un testimonio de mi amor. No tardamos en llegar al monasterio. Está situado en una meseta o cornisa que forma la falda de la colina, a una altura bastante considerable ya sobre el nivel del río. El edificio no es grande ni ofrece mucho de particular en el estado de abandono en que se halla; pero delante de él hay una especie de terraza desde donde se divisa uno de los paisajes más hermosos que pueden verse en ninguna parte del mundo.

Todos nos quedamos extasiados en su contemplación. Lo que primero atraía la vista era la ciudad. La hermosa sultana del Mediodía reposaba del lado de allá del río, con blancura deslumbradora que le da carácter africano. Eran las cuatro de la tarde. El sol la bañaba con sus rayos oblicuos, pero vivos aún y ardorosos. Sus innumerables torrecillas mudejares de pizarra y azulejos brillaban como diamantes, y sobre todas ellas descollaba la formidable y esbelta Giralda, el antiguo y severo alminar de los árabes, con fuerte color anaranjado. El espacio que ocupa en la vega donde está asentada es grande. Todavía detrás de ella, sin embargo, nuestros ojos percibían extensa llanura verde y dorada, cerrada por una leve ondulación del terreno. “Allí está Alcalá de Guadaira, me dijeron; allí Carmona.” No conseguí verlas. Del lado de acá, por la parte del Sur, la gran ese del río brillaba a los rayos del sol, desarrollándose entre huertas de naranjos y olivos. A cierta distancia éstas cesaban, y la campiña se extendía llana, desnuda, con un color dorado, hasta tocar en el cielo en los confines del horizonte. En aquel espléndido paisaje mis ojos no veían la riqueza infinita de matices de mi Galicia. El esplendor irresistible de la luz los borra y los confunde todos. La impresión, a pesar de eso, o por eso quizá, era más viva. A falta de colores, había destellos. El suelo y el aire ardían como una iluminación universal. Luego los contornos de los objetos, lo mismo los próximos que los lejanos, eran tan puros, tan claros, que algunos, como la Giralda, parecían dibujados en un gran lienzo con mano dura. Los mismos bosquecillos que rodean la ciudad no formaban masas verdes o manchas, sino que veíamos los árboles separados con admirable precisión. Por una atracción de que no me daba cuenta, mi vista se fijaba con persistencia en el espacio azul. La luz ejercía sobre mí en aquel momento la misma fascinación que sobre las mariposas. Sentía un placer inmenso, un deleite casi sensual en sumergir la mirada en aquel aire transparente y límpido, y me acometían vagos anhelos, ansias indefinibles que me producían una especie de desvanecimiento. Por un instante se me borró hasta la noción de la existencia, hasta el pensamiento de Gloria, que tenía a cuatro pasos de distancia. Si hubiera tenido alas, me hubiese lanzado al infinito luminoso, sin acordarme de ella, aunque esto parezca una contradicción inverosímil. Esta especie de enajenación desapareció cuando oí la voz de Pepita a mi espalda.

—¡Considera, alma cristiana, en esta primera estación!...

Volví la cabeza riendo, y mis ojos tropezaron con los de Gloria, que los apartó al instante. No cabía duda; me estaba mirando.

Bajamos de nuevo al pueblo, y advertí que Suárez, por más que hizo, no consiguió emparejarse con ella. Se había cogido al brazo de su tía Etelvina, y hablaba animadamente sin hacer caso de él, hasta que, despechado al fin, se acercó a acompañar a una de las de Enríquez. “Bueno va”, dije para mí, con viva alegría que me brotaba a la cara. Isabel y Villa no se habían separado. Consideré con tristeza al pobre comandante preso de nuevo en las redes de aquel amor imposible, cuando Joaquina se me acercó diciendo:

—¿Mira usted a Villa? ¿Verdad que parece imposible que un hombre formal se ponga en ridículo hasta ese punto?

Me encogí de hombros y sonreí. ¡Ponerse en ridículo! ¿Qué le importa al que ama de veras ponerse en ridículo? Quien se admire de esto, ni ha amado nunca, ni sabe lo que es amor. A riesgo de parecer grosero, alejéme de Joaquinita. Su compañía en aquel momento podía echar a perder un fausto suceso que veía en lontananza.

Atravesamos de nuevo el pueblo, y salimos por la parte del Sur a las huertas y jardines que lo circundan. Al través de las puertas enrejadas, veíamos las casitas de campo, con persianas verdes cuidadosamente echadas, enteramente solitarias. Sus habitantes, si es que los había, debían de estar resguardados del calor hasta la hora en que el sol se pusiese. Próxima ya a la falda de la colina, estaba la Palmera. Era la más amplia en territorio y la que poseía casa más grande y suntuosa. Desde la puerta de salida hasta el edificio había una ancha avenida orlada de palmeras, en suave declive. A entrambos lados se extendía un bosque inmenso de naranjos. El jardín de la casa estaba ya tallado en la colina. Para subir a aquélla había tres escalinatas adornadas con macetas. En los tres decansos se veían jardinillos bastante descuidados, pero que tenían ese encanto misterioso y poético que la naturaleza presta a los lugares que el hombre la abandona. Los arbustos habían crecido desmesuradamente y tejían sus ramas formando bosquecillos impenetrables. Las flores eran escasas y crecían donde los arbustos no les quitaban la luz.

A la puerta nos recibieron los criados, que habían ido por la mañana con los víveres. El que estaba al frente de la finca nos acompañaba desde la puerta de hierro. Era una casa del siglo pasado, espaciosa, fresca, y un poco desmantelada. Hacía tiempo que los dueños no iban allí sino por un día o dos. Excitada la curiosidad de todos, quisimos recorrerla luego que hubimos descansado unos minutos, y lo hicimos en tropel entrando y saliendo por las vastas habitaciones solitarias, turbándolas con nuestros gritos y risas. En la planta baja había un gran salón, de techo elevadísimo, con pavimento de azulejos colocados en caprichoso mosaico. Los muebles eran severos; el damasco encarnado de las sillas y cortinas había empalidecido extremadamente. Los muros tenían pintado al fresco un gran zócalo que llegaba hasta la mitad; de allí arriba, enjalbegados como la casa de un menestral; pendían de ellos varios retratos al óleo, de caballeros y damas del siglo diez y ocho. Estos retratos, que eran los de los antepasados de Isabel, llamaron poderosamente la atención de los convidados. Particularmente las damas, no acababan de asombrarse de que se gastasen tales tocados y vestidos, como si no pudiera ponerse un pero a los que ellas llevaban. Había además un comedor espacioso, con grandes armarios de caoba, bien provistos de vajilla. En el piso alto nos llamó la atención un gabinete muy lindo, en cuyos balcones habían puesto por capricho cristales de todos colores. Nos detuvimos bastante rato contemplando la campiña al través de cada uno. Aquellos paisajes azules, rojos, amarillos, que alguna vez se ven en sueños, hacían prorrumpir en exclamaciones de alegría o disgusto a mis compañeros.

—Voy a enseñarles a ustedes la salida del manantial—nos dijo Isabel.