Bajamos, guiados por ella, a la planta baja, atravesamos un patio, abrió un criado una puertecita verde y entramos en un recinto semejante a una gruta. La atmósfera estaba impregnada de humedad. Escuchábase el rumor del agua, pero no la veíamos, porque estaba oscuro. Cuando los ojos se fueron acostumbrando, observamos allá en el fondo, brotando de la peña, un raudal enorme, verdadero río que caía en un estanque cerrado toscamente por piedras. El sitio era el más grato que pudiera hallarse en tal instante. La frescura singular que se sentía dilató nuestros pechos, harto oprimidos, y nos hizo prorrumpir en exclamaciones de bienestar. Nadie quería salir de allí. Sin embargo, fué preciso al fin, porque se llegaba la hora de confortar los estómagos. Isabel había dejado a Villa y tenía abrazada a Gloria por la cintura. Ambas fueron quedando rezagadas a la salida. Cuando iba a trasponer la puerta, Isabel me llamó.
—Oiga usted una palabrita, Sanjurjo.
Al mismo tiempo se retiró hacia el fondo de la gruta, arrastrando a Gloria. El corazón me dió un vuelco, y las piernas me flaquearon. Llegaba el momento crítico que había de resolver de mi suerte. Haciendo un esfuerzo sobre mí mismo, acerquéme sonriente a las jóvenes. Debía de estar, o muy rojo, o muy pálido. Isabel no me dejó pronunciar una palabra. Si me hubiese dejado, no sé si hubiera sido capaz de hacerlo.
—Sanjurjo, mi opinión es que debe concluir eso que hay entre Gloria y usted. Ustedes se quieren. ¿Por qué han de pasar el tiempo en monerías?
¡Pasar el tiempo en monerías! Declaro que nada me ha parecido, ni antes, ni después, tan lógico, tan convincente como esta sencilla proposición.
Y como nos quedásemos turbados, ella roja, yo rojo también, mirándonos con ojos brillantes, la condesita nos dijo en tono protector:
—Vamos, dense ustedes la mano, y no haya más regaños.
Me apresuré a coger la mano de mi adorada, y la aprisioné entre las mías largamente, pero sin acertar a decir palabra. La presencia de Isabel me estorbaba ya terriblemente. Al fin, la emoción venció a la vergüenza, y comencé a verter una serie de frases incoherentes, apasionadas, estúpidas, protestando de mi cariño. Estaba loco. Tantos disparates debí decir, que Gloria soltó su mano bruscamente y echó a correr hacia el fondo. Isabel me hizo con los ojos seña de que la siguiese.
—Gloria—le dije en voz baja, acercándome suavemente—, ¿sigues enfadada conmigo?
Por toda contestación se llevó el dedo a los labios, diciéndome con fingido enojo: