Entonces, levantando la frente, con los ojos nublados de lágrimas y sonrientes a la vez, exclamó con rabia:

—¡Vete, payaso, vete! No quiero que me veas llorar.

Muchas veces después me he oído llamar payaso por Gloria, y siempre se lo he agradecido; pero nunca este calificativo me hizo experimentar una sensación más feliz, un transporte tan delicioso como entonces. Salí por la puertecita en un estado de turbación que hubiera hecho reir a cualquiera. Llegué al comedor, y no comprendí por qué Suárez me dirigía una mirada tan glacial. Yo de buena gana le hubiera abrazado como a todo el mundo. Si no abrazos, por lo menos empecé a repartir sonrisas a todos, porque me parecía que todos habían contribuído a mi felicidad. Lo único que me sorprendió, al cabo de algunos momentos, fué que no me preguntasen por Gloria. Dios mío, ¿cómo se podía vivir sin Gloria? Pero Gloria no tardó en llegar, las mejillas inflamadas, los ojos enrojecidos y brillantes. No me miró al entrar. Comprendí que sin mirarme me veía, y esperé.

—A la mesa, a la mesa—dijo Isabel.

Vi que el malagueño se acercaba a Gloria y le decía algunas palabras, y vi que ella hacía una mueca de indiferencia y le volvía la espalda. ¡Qué criatura tan inteligente! Vi que, como quien no quiere la cosa, se iba acercando hacia el sitio donde yo estaba; y vi que se llevaba las dos manos al pelo y se daba unos toquecitos nerviosos para arreglárselo; y vi que cogía una silla y la separaba para sentarse; y vi que apoyaba su mano en la contigua... Y no quise ver más. Fuí allá, y me senté resueltamente a su lado.

No recuerdo los manjares que nos sirvieron, ni creo que los recordaría entonces, después de haberlos comido. Me parece que eran la mayor parte fiambres de fonda, y que había gran profusión de confites. Lo que retengo en la memoria admirablemente es que Gloria me sirvió almíbar de azahar, diciéndome que era cosa exquisita, y que yo no lo encontré tanto y que ella se enfadó y me dijo que era un simple y un desaborío, y que yo, para cortar la discusión, le dije que si me la sirvieran a ella en ese almíbar, la comería, pero otra cosa no, y que ella me respondió, riendo, que yo “era un gaditano con más conchas que un galápago”. En cambio, cinco yemas de San Leandro, que me hizo comer una tras otra, me parecieron deliciosas, y alabé las manos de las monjas, y a Dios que las había criado.

Después de merendar nos fuimos al salón. Elenita se puso a teclear en el piano antiquísimo, de voces cascadas y metálicas; un verdadero trasto. Temblé que comenzase a cantar alguna de sus romanzas sentimentales, y más cuando vi acercarse al presbítero y decirle algunas palabras al oído; pero no fué así. La vivaracha joven tocó una tanda de valses, y llamó al pollo desconocido, nombrado Lisardo, según creo, para que le volviese las hojas. Don Alejandro, mientras tanto, paseaba a grandes trancos por el salón, con aspecto sombrío.

—¿Qué, no se baila?—preguntó la chica al terminar, haciendo girar el asiento para ponerse frente a nosotros—. Pues yo voy a dar el ejemplo... Isabel, ven aquí, tócanos una mazurka.

Y sin más preámbulo se cogió a Lisardo y comenzaron a bailar, dando fuertes taconazos sobre los azulejos, sin reparar en la mirada furiosa, pulverizante que su maestro de música la dirigía.

Yo estaba sentado en uno de aquellos viejos sofás al lado de Gloria. Le pregunté si quería bailar, y me respondió que no sabía. En Andalucía casi todas las jóvenes saben los bailes del país, porque se les toma maestro o maestra para enseñarles; pero a menudo ignoran los de sociedad con ser mucho más fáciles.