—No importa, yo te enseñaré.

Y sin aguardar su respuesta, la cogí de las manos, obligándola a levantarse, y la abracé por el talle.

—Uno... dos... Ahora con el izquierdo. Uno... dos... Vuelta con el derecho...

Perdíamos el compás a cada momento, pero ¡qué importa! Cada traspié nos hacía reir alegremente. Una vez Gloria me pisó.

—¡Uy! ¡uy!—exclamé fingiendo gran dolor—. ¡Cómo pesa la carne de monja!

—¡Vaya una grasia mohosa!... Pero, hombre, ¿tienes la desvergüensa de quejarte? ¿De cuándo acá el pie de una andalusa puede haser daño al de un gallego?

Y era verdad. Aunque sus pies diminutos hubieran bailado sobre los míos, creo que no me harían daño.

Por otra parte, nadie reparaba en nosotros, y podíamos bailar lo mal que quisiéramos sin llamar la atención. Todos brincaban por el salón, acometidos de un vértigo en el cual debían de tener alguna parte el manzanilla y el amontillado que nos habían servido. Cuando nos cansamos, fuimos de nuevo a sentarnos. Cogí su abanico, le dí aire fuertemente, tan fuerte, que lo rompí, lo cual fué ocasión de nuevas bromas y risas. No habíamos hablado nada de nosotros mismos. Nuestra conversación sólo tenía por tema las cosas y los sucesos exteriores. No sé si era porque el placer de hallarnos de nuevo juntos y enamorados nos bastaba en aquel momento, o por el temor de hablar de asuntos en cuya apreciación pudiéramos no estar de acuerdo.

Por supuesto, en cuanto el baile de sociedad fué cansando, vinieron a escape las seguidillas. Gloria fué la primera invitada, porque Isabel afirmó en voz alta que no había en Sevilla quien las bailase como ella. No se hizo de rogar. Formáronse cuatro parejas, comenzó a sonar la guitarra, chasquearon los palillos (en Andalucía la guitarra y los palillos aparecen siempre, como si brotaran de la tierra), y el baile, aquel baile animado, vibrante, gracioso, que produce escalofríos de dicha y hace bullir el alma del más linfático, dió comienzo al son de una copla cantada por el clérigo don Alejandro. Costó gran trabajo reducirle a que lo hiciese.

Confieso que, aun placiéndome mucho, no me causó la impresión que en Marmolejo. Gloria en hábito de monja, no diré que estaba mejor que ahora con su vestido rojo, pero desde luego era aquello más original.