Cuando salimos a tomar el fresco a los jardines, el sol ya se había puesto y andaba cerca de llegarse la noche. La sociedad se diseminó por el gran bosque de naranjos. Gloria, en cuanto vió un columpio, se empeñó en subirse, y me pidió que le moviese, lo cual hice, como debe suponerse, con extremado placer. Por entre los árboles vi reunidos a Suárez y Joaquinita, que nos miraban con sonrisa despechada y maligna. No hice caso; pero Gloria, que también acertó a divisarlos, se puso seria repentinamente y no tardó en bajarse. Volvimos a reunirnos al grupo mayor. Observé que mi novia procuraba, por cuantos medios podía, demostrar a Daniel el mayor desprecio, como si tuviese contra él algún grave motivo de odio. Yo era tan feliz que compadecía sinceramente a mi enemigo, y hallaba la conducta de ella demasiado cruel. Nos sentamos al fin sobre el césped, no lejos de Isabel y Villa, que charlaban animadamente. Hubo un rato de silencio. Temía, por lo que ya he dicho, volver a las conversaciones íntimas, y no se me ofrecía en aquel instante objeto de que tratar. Noté que Gloria me miraba con frecuencia, sonreía levemente, bajaba la vista y otra vez volvía a mirarme y sonreir, moviendo los labios un poco, cual si le viniesen deseos de decirme algo y no se atreviese. Una de las veces sus ojos chocaron francamente con los míos, y los dos sonreímos sin saber por qué. Bajólos al fin, y mostrando vergüenza, dijo en voz baja:
—Ya sé que me has llamao... (aquí pronunció a medias la palabra fea que yo había dicho a Suárez en la memorable conferencia de la taberna).
Debí empalidecer terriblemente, y murmuré rechinando los dientes:
—¡Infame!
—No te apures, hijo—se apresuró a decirme, sin caérsele la sonrisa avergonzada de los labios.—Ya ves qué enojada estoy. ¿No te he dicho que a mí me gusta que me peguen en los nudiyos?... Además, eso me ha probao que no se te pasea el alma por el cuerpo, como yo creía. Cuando me has llamao tal cosa, es que me quieres.
Algún reparo podría ponerse en buena lógica a esta conclusión; pero la verdad es que entonces era legítima.
—Sí que te quiero... ¡Más de lo que tú te figuras!
—¡Mira que me figuro mucho!
—Pues más aún... pero el decirte semejante porquería es una indignidad que ese canalla me ha de pagar.
—Déjalo de mi cuenta, tonto. Vosotros no sabéis castigar esas cosa... Ya verás cómo yo sé tocarle en lo vivo.