Y tenía razón, porque supo tan bien manifestar su desdén, que a ninguno de la partida se le ocultó la vergonzosa derrota del malagueño.
Volvió a quedar silencioso mi dueño, y volvió a dirigirme rápidas miradas y a sonreir, esta vez con malicia.
—Te he visto—me dijo al cabo—pasear de noche por mi calle.
—¿Sí? ¿Cuándo?
—Estas noches pasaas, mientras hemos estao regañaos... y te he visto además hacer una cosa...
—¿Qué cosa?—pregunté, poniéndome ya colorado.
—Besar las rejas de mi ventana... Vamos, no te pongas colorao, porque estuvo muy bien hecho.
—¿Dónde estabas tú?
—Pues detrás de las cortinas.
—¡Ah, cruel! ¡Y no has tenido siquiera corazón para abrir y darme las gracias!—exclamé con tristeza.