—¡Qué quieres, hijo!—respondió ruborizándose a su vez—. Bien me apetesió... pero la honrilla... la negra honrilla... ¿sabes?... No vaya a creerse ese tío lila, dije para mí, que le estoy asechando los paso.

—Pues no te lo perdono.

—¿Que no me lo perdonas?—dijo propinándome un soberano pellizco en el brazo.

—No—repetí riendo y quejándome a un mismo tiempo.

—¿No?—preguntó de nuevo, intentando darme otro.

—No—repuse con firmeza, levantándome y echando a correr por el bosque.

Ella me siguió, jugamos un rato al escondite entre los árboles. A cada instante me preguntaba: “¿No?”—“No” respondía yo, cada vez con más decisión. Observé que se iba impacientando, y que su voz estaba ya alterada. Por fin se quedó inmóvil y silenciosa. Entonces me acerqué, y vi que sus ojos estaban nublados de lágrimas. Me recibió con una granizada de denuestos. Después, como yo procurase templarla mostrándome arrepentido, cambió repentinamente, y mirándome con ojos suplicantes... tornó a repetirme:

—¿Me perdonas?

Costóme trabajo impedir que se pusiera de rodillas. Había llegado a persuadirse de que lo que había hecho era un grave delito.

La noche estaba ya encima. Se trató de partir, pero la mayoría de los jóvenes decidió, contra la minoría de los viejos, que nos estuviésemos aún otro ratito. Se jugó todavía al “escondite”, a “la gallina ciega”, y nos divertimos en ver furioso al tío de Elenita, que a todo trance quería marchar. Cuando lo hicimos se veía muy poco: cuando saltamos a la falúa, en el pequeño embarcadero de madera de San Juan, era ya noche cerrada.