—Núñez—murmuró Barragán apretando al mismo tiempo con afectuosa ternura la mano de su amigo.

Tristán y Escudero se detuvieron delante de una taberna, abrieron la puerta e invitaron a los otros a entrar con ellos. Reynoso se dejaba conducir dócilmente. Tristán, que parecía haber estado ya allí algunas veces, hizo ademán de sentarse a una mesa próxima al escaparate. Tenía éste doble cierre de cristales y a su través se veía perfectamente la calle, que era estrecha. Enfrente había una casa de reciente construcción que hacía contraste con las del resto de la calle, casi todas viejas.

—¡Ahí dentro están!—dijo en voz baja apuntando hacia ella.

Reynoso levantó los ojos y volvió a bajarlos rápidamente. Barragán pidió unos vasos de vino. El chico de la taberna los sirvió prontamente mirando al mismo tiempo con temor y curiosidad las barbas insólitas y el rostro espantable del paisano. Nadie más que él llevó a los labios el vaso. Aguardaron allí largo rato. Reynoso con los ojos en la mesa y la mano en la mejilla permanecía en una actitud de indiferencia desesperada. Barragán, Escudero y Tristán hablaban en voz baja espiados por la tabernera y el chico que mostraban en su rostro inquietud. Aquella conferencia misteriosa de cuatro señores en su tienda y sobre todo la traza de bandido que uno tenía les intrigaba. Quizá se les pasara por la mente que estaban fraguando un crimen.

Al cabo de una hora, lo menos, Tristán, que no cesaba de echar ojeadas impacientes a la casa de enfrente, exclamó:

—¡Ya salen!

Reynoso levantó la cabeza y su faz se puso lívida viendo salir del portal a su esposa en compañía de Núñez. Dieron unos cuantos pasos precipitadamente por la calle y se metieron en un coche de punto que un poco más allá les esperaba. El rostro de Elena en aquel instante parecía turbado y pálido y sus ojos miraban con espanto a todos lados. Esta fué la impresión que les produjo. Reynoso quiso levantarse de la silla al verla, pero cayó de golpe otra vez en ella y metió la cabeza entre las manos. Tristán se llevó la suya al bolsillo y dejando asomar la culata de un revólver profirió con reconcentrada ira:

—¡Mátalos! ¡Mata a esos traidores!

Reynoso no se movió. Se oyó el ruido del coche que se alejaba. Nadie habló una palabra en algunos minutos. Al fin Escudero puso una mano sobre el hombro de aquél y dijo con voz conmovida:

—¡Germán! ¡amigo mío! ¡valor!