Y por el rostro de aquel hombre que no parecía sensible más que a los cheques y talones rodaban dos gruesas lágrimas. Reynoso se alzó y tambaleándose como un beodo salió de la taberna seguido de sus amigos. Cuando estuvieron en la calle se volvió hacia su cuñado y apretándole la mano dijo:

—¡Tienes razón, Tristán, la vida es un asco!

Guardaron todos silencio y caminaron hacia el sitio en que habían dejado el coche. Don Germán manifestó su resolución de volverse al Escorial. Todos ellos se brindaron a acompañarle, particularmente Tristán, pero opuso una enérgica negativa a sus instancias. Tampoco aceptó el coche de Escudero que hablaba de añadir otros dos caballos a los que llevaban. Nada, sólo pedía que le dejasen en la estación. Salía un tren a las siete y sólo faltaba una hora. Acataron su voluntad aunque de mala gana.

—Os suplico que os volváis a vuestras casas y me dejéis ya—les dijo cuando hubieron llegado—. Y llamando aparte a Tristán—: Cuida mucho de Clara. Conozco su corazón y sé que este golpe puede hacerle mucho daño. Os espero dentro de cuatro o cinco días. Hasta entonces dejadme solo.

Tristán le miró con asombro.

—Pero ¿qué piensas hacer?

—Nada.

—¿No quieres castigar a ese miserable?

—No.

—Entonces voy yo a provocarle.