Vive Palacio Valdés en un discreto apartamiento. No busca el aplauso ni lo rehusa; no abomina del trato humano ni se exhibe en tertulias y fiestas. Contempla plácida y serenamente cómo se desliza la vida. Su prosa es clara y limpia; ni la prosa incolora de los escritores desarraigados de la tradición, ni la empalagosamente afectada de los falsos puristas. Ama y siente el paisaje; escudriña las delicadezas psicológicas. En el arte literario ha llegado al arte supremo; a la sencillez, a la simplicidad de expresión, a la evocación de una realidad tenue, inefable, ideal, que está por encima de la realidad violenta y vulgar que todos ven.

AZORIN

Las novelas de nuestro poeta son extraídas de la realidad. Pinta a los hombres tales como son, tales como él los ve con sus ojos penetrantes que descubren las alturas y las profundidades de la sociedad, a sus caudillos y a sus bestias de carga. No es un escritor melindroso. Sus personajes no sólo tienen la parte anterior, sino también la posterior, que a algunos parecerá escandalosa. Sin embargo, no es un disecador naturalista de la vida y de la sociedad, sino un artista. En todas sus novelas brilla el sol del ideal.

De este realismo poético unido al genio filosófico del novelista se deduce su tendencia a plantear en sus obras problemas morales y religiosos. Pero esta tendencia no implica prejuicios ni sectarismos; no confunde la religión y la ética, la moralidad y la vida social como un impertinente maestro de escuela. Palacio Valdés es católico; no oculta su modo de pensar y sentir. Sin embargo, su catolicismo nada tiene que ver con la Inquisición y los autos de fe. Es un catolicismo leal, intrépido: no vacila en esgrimir el látigo de su sátira sobre los extravíos de la pasión religiosa y sobre las flaquezas del clero. “Es necesario—ha dicho él mismo—que las ideas salgan de los hechos y no se añadan a ellos como reflexiones abstractas.”

Una cosa hace aún sus obras superiores a las de sus colegas españoles, y es una cierta jovialidad preciosa como el oro que refresca el corazón.

Palacio Valdés se llama modestamente en el círculo de sus amigos “novelista de ocasión”. Este novelista de ocasión, no obstante, es el escritor español, después de Cervantes, más traducido a lenguas extranjeras.

Su última obra, Papeles del Doctor Angélico, es un libro original y precioso; no es una novela; es un libro poético-filosófico, un breviario escrito para los hombres que no viven en el barranco, sino en las alturas del espíritu. Se compone de luminosos artículos filosóficos, novelitas y bocetos. Profundísimas meditaciones científicas sobre las grandes cuestiones políticas, sociales y religiosas alternan con deleitosas producciones poéticas. Voy a leeros un boceto titulado La procesión de los Santos, que es una especie de visión religiosa verdaderamente encantadora. Quizá sea lo más grande en materia de poesía religiosa que haya aparecido desde los días de la Edad Media.

La poesía no está muerta, sino viva, en la patria de Cervantes. El campo de la literatura española no es ningún páramo desierto, sino tierra fecunda, jardín fértil y ameno. El carácter más notable en la moderna literatura española es Armando Palacio Valdés. Grande es el número de sus admiradores en Inglaterra, Francia y América. Alemania tiene que reparar su yerro. Que no tardemos mucho en oir hablar de una Sociedad constituída en nuestro país para honrar al amable poeta y pensador español.

AUSTIN TRAPET

(Discurso pronunciado ante la Sociedad Científica de Coblenza.)