MANUEL LINARES RIVAS
Palacio Valdés no necesita que hablemos de él. Hace treinta años que se encerró en su casa con sus recuerdos, con sus lecturas y sus meditaciones, y desde ella nos habla con sus libros. Es él quien habla; a los demás nos toca agradecérselo en silencio.
Palacio Valdés ha tardado diez años en triunfar de la indiferencia del público y de la Prensa. Hoy sus obras son leídas en el mundo entero. Se comprende que esté orgulloso de una victoria tan noblemente ganada.
La sinceridad absoluta del artista, su cuidado profundo de la verdad, su horror de lo que él llama el efectismo, y que no es más que la caza del efecto en lugar de la emoción verdadera, esparcen por todos sus libros un encanto penetrante.
El tiempo no está lejos, yo lo creo así, en que el amor de lo grandioso y exagerado desaparecerá. Las grandes frases vacías se harán viejas y serán reemplazadas por palabras menos sonoras, quizá más modestas, pero más llenas de sentido, más precisas y más puras. Ese día, ciertamente, la España quedará reconocida al escritor de este siglo que más ha contribuído a hacer amar lo sencillo y lo natural.
L. BORDES
(Revue des Lettres Francaises et Etrangères.)
De la lectura de las novelas modernas solemos salir entristecidos, con tedio en el corazón y hasta con náuseas en el estómago. “Siempre que vengo de entre los hombres—dice Kempis—me siento peor...” Lo mismo me acontece a mí cuando vengo de entre esos libros.
En cambio, cuando leo las novelas de Palacio Valdés, la vida, sin perder para mí su melancólica gravedad, me parece noble y buena; el autor no sólo me inspira admiración, sino cariño; en vez de deprimirme, me vigoriza; en lugar de desalentarme, me da esperanza; lejos de hacerme sentir vergüenza de ser hombre, me parece que reanima en las profundidades de mi ser el soplo divino que Dios infundió en el pobre barro humano.