(Allgemeine Zeitung.)

Si alguien me preguntara qué opino de Armando Palacio Valdés, le contestaría sin pérdida de momento que le juzgo por el primer novelista de nuestros tiempos.

J. GIVANEL MAS

(La Vanguardia, Barcelona.)

Tiene horror al reclamo. Es un caso bastante raro en la literatura universal para que merezca ser señalado al público francés. Todos los libros de este escritor excepcional han aparecido en silencio, sin levantar clamores de entusiasmo y de triunfo, que acogen alguna vez entre nosotros a las más auténticas medianías. Se ha impuesto únicamente por su mérito personal a la atención pública. Por lo demás, toca en sus escritos cuestiones de tal modo apremiantes, que nadie puede evitar su urgencia indubitable. El filósofo más escéptico no podrá menos de sentirse conmovido leyendo La Fe.

El héroe de esta novela idealista es un joven sacerdote, el padre Gil, vicario de la iglesia de Peñascosa, villa situada en el fondo de una pequeña ensenada del golfo cantábrico. El primer capítulo de La Fe es un cuadro encantador de su primera misa. Ferdinand Fabre, si viviera, quedaría celoso de estas páginas sobrias y pintorescas. Es una empresa difícil el describir una ceremonia religiosa. Zola, en la Faute de l’abbé Mouret, no ha estado en ello afortunado. Enumerar como lo hace, complacientemente, el jefe de la escuela naturalista todos los detalles y todos los accesorios del culto es hacer maquinalmente un inventario sin comprender el profundo significado de la liturgia. El sentido interior le escapa. Palacio Valdés, en vez de detenerse en el aspecto superficial de las cosas, nos inicia en todos los secretos de las almas sencillas que se han reunido para asistir a la primera misa de aquel joven sacerdote.

La Fe es un libro leal y fuerte, animado desde el principio hasta el fin por un gran soplo de humana piedad.

GASTON DESCHAMPS

(Le Temps.)

En la suma de las admiraciones al gran novelista Palacio Valdés continúo siendo uno más.