El ilustre escritor no es de aquellos que al prestigio del talento añaden el prestigio del reclamo: cuando viene a Francia no provoca, como otros autores extranjeros bien conocidos, los artículos de periódicos y las interviews de los reporters; y cuando publica un libro deja a su obra el cuidado de hablar por sí misma en su favor. El éxito le ha llegado ya, un éxito de buena ley, que le han valido los méritos de la forma y los del fondo.

Cuidadoso de la composición y del equilibrio, no se distrae en episodios y digresiones; no cuenta por contar, no describe por describir. Paisajista, evita ese defecto, tan familiar a los paisajistas, que consiste en colocar a la Naturaleza en el primer plano y concederle un desarrollo excesivo y absorbente. No le da más importancia que la que conviene a una decoración, y reserva, por el contrario, un lugar preponderante a lo que es esencial, al estudio de las costumbres, de los caracteres y de los problemas morales.

F. VÉZINET

(Le Parthénon.)

Cuando, hará pronto un año, lamentaba yo aquí (El Universo) el ocaso del gran novelista que anunció el término de su obra con La aldea perdida, estaba muy lejos de pensar en que el autor de Riverita y Maximina preparaba un nuevo libro, y, sin embargo, no podía avenirme con la idea de que la musa de Valdés hubiese callado para siempre.

Afortunadamente, no ha sido así.

Decía yo entonces que él era el novelista de nuestra literatura contemporánea y que no había cuerda en la moderna épica que no hubiese pulsado con arte exquisito el creador de José, La Hermana San Sulpicio y La Aldea perdida.

ROGERIO SANCHEZ

Palacio Valdés ocupa un sitio completamente singular entre los modernos autores españoles. Y no es la corriente de la moda la que hace que se le lea más que a los otros, sino porque sus novelas tienen una base muy distinta de las de sus colegas. Aunque no pueda negarse la influencia de la escuela francesa (influencia muy grande en España), sin embargo, un estudio profundo de los clásicos y de la filosofía alemana han prestado a sus obras el sello de una independencia innegable. Sus vistas estéticas son distintas de las que ahora dominan y su realismo (porque Palacio Valdés es realista) tiene su raíz más en los tiempos grandes de Cervantes, Mateo Alemán y Vicente Espinel que en el culto desapoderado de la verdad y en la oscuridad místico-espiritual de la escuela moderna.

H. KELLER-JORDAN