El señor de Meira iba sentado a popa, tan silencioso y taciturno como había salido de casa. José, tirando acompasadamente de los remos, le observaba con interés. Cuando estuvieron a unas dos millas de Rodillero, después de doblar la punta del Cuerno, don Fernando se puso en pie.
—Basta, José.
El marinero soltó los remos.
—Ayúdame a echar este bulto al agua.
José acudió a ayudarle; pero deseoso, cada vez más de descubrir aquel extraño misterio, se atrevió a preguntar sonriendo:
—¿Supongo que no será dinero lo que usted eche al agua, don Fernando?
Este, que se hallaba en cuclillas preparándose a levantar el bulto, suspendió de pronto la operación, se puso en pie y dijo:
—No; no es dinero... Es algo que vale más que el dinero... Me olvidaba de que tú tienes derecho a saber lo que es, puesto que me has hecho el favor de acompañarme.
—No se lo decía por eso, don Fernando. A mí no me importa nada lo que hay ahí dentro.
—Desátalo.