—De ningún modo, don Fernando. Yo no quiero que usted piense...
—¡Desátalo, te digo!—repitió el señor de Meira en un tono que no daba lugar a réplica.
Obedeció José, y después de separar la múltiple envoltura de lona que le cubría, descubrió, al cabo, el objeto no era otra cosa que un trozo de piedra toscamente labrado.
—¿Qué es esto?—preguntó con asombro.
Don Fernando, con palabra arrastrada y cavernosa, respondió:
—El escudo de la casa de Meira.
Hubo después un silencio embarazoso. José no salía de su asombro y miraba de hito en hito al caballero, esperando alguna explicación; pero éste no se apresuraba a dársela. Con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza doblada hacia adelante, contemplaba sin pestañear la piedra que el marinero acababa de poner al descubierto. Al fin dijo en voz baja y temblorosa:
—He vendido mi casa a don Anacleto..., porque un día u otro yo moriré, y ¿qué importa que pare en manos extrañas antes o después?... Pero se la vendí bajo condición de arrancar de ella el escudo.., Hace unos cuantos días que trabajo por las noches en separar la piedra de la pared... Al fin lo he conseguido...
Como don Fernando se callase después de pronunciar estas palabras, José se creyó en el caso de preguntarle:
—¿Y por qué lo echa usted al agua?