Otra vez sonó la trompeta del juicio final.

—¿Quién es el secuestrador? ¿Quién es el bandido? ¿Quién es el miserable?...

El ojo ardiente de Polifemo nos devoraba a uno en pos de otro. El Muley, que le acompañaba, nos miraba también con los suyos, leales, inocentes, y movía el rabo vertiginosamente en señal de inquietud.

Entonces Andresito, más pálido que la cera, adelantó un paso, y dijo:

—No culpe a nadie, señor. Yo he sido.

—¿Cómo?

—Que he sido yo—repitió el chico en voz más alta.

—¡Hola! ¡Has sido tú!—dijo el coronel sonriendo ferozmente—. ¿Y tú no sabes a quién pertenece este perro?

Andresito permaneció mudo.

—¿No sabes de quién es?—volvió a preguntar a grandes gritos.