—Sí, señor.
—¿Cómo?... Habla más alto.
Y se ponía la mano en la oreja para reforzar su pabellón.
—Que sí señor.
—Del señor Polifemo.
Cerré los ojos. Creo que mis compañeros debieron hacer otro tanto. Cuando los abrí, pensé que Andresillo estaría ya borrado del libro de los vivos. No fué así, por fortuna. El coronel le miraba fijamente, con más curiosidad que cólera.
—¿Y por qué te lo llevas?
—Porque es mi amigo y me quiere—dijo el niño con voz firme.
El coronel volvió a mirarle fijamente.