—Está bien—dijo al cabo—. ¡Pues cuidado con que otra vez te lo lleves! Si lo haces, ten por seguro que te arranco las orejas.

Y giró majestuosamente sobre los talones. Pero antes de dar un paso, se llevó la mano al chaleco, sacó una moneda de medio duro, y dijo volviéndose:

—Toma, guárdatelo para dulces. ¡Pero cuidado con que vuelvas a secuestrar el perro! ¡Cuidado!

Y se alejó. A los cuatro o cinco pasos ocurriósele volver la cabeza. Andresito había dejado caer la moneda al suelo, y sollozaba, tapándose la cara con las manos. El coronel se volvió rápidamente.

—¿Estás llorando? ¿Por qué? No llores, hijo mío.

—Porque le quiero mucho... porque es el único que me quiere en el mundo—gimió Andrés.

—¿Pues de quién eres hijo?—preguntó el coronel sorprendido.

—Soy de la Inclusa.

—¿Cómo?—gritó Polifemo.

—Soy hospiciano.