—Entonces, ¿por qué ha dejado de venir a verme y de pasar por la calle de día?

—Porque temía que su mamá...

—Sí, sí; porque los hombres son todos muy ingratos y cuanto más se les quiere es peor... ¿Piensa usted que yo no lo sé?... Me ha tenido usted al balcón todas estas tardes esperándole; ¡pero que si quieres!... Por la noche, detrás de los cristales, le veía pasar, muy serio, muy serio, sin mirar siquiera hacia mi casa... Yo decía: “¿Estará enfadado conmigo? ¿Por qué se habrá enfadado? ¿Será porque he cerrado el balcón a las tres menos cuarto?” En fin, todo me volvía cavilar, cavilar, sin sacar nada en limpio... Entonces dije: “Voy a darle un susto esta noche...”

—Ha sido un susto bien agradable.

—Si no llega usted a pararse delante de mi casa y a quedarse mirando a los balcones, no salgo del portal... pero aquello me decidió.

Momento de pausa, en el cual me acudió a la mente un tropel de pensamientos que todavía me avergüenzan. Teresa volvió a mirarme fijamente.

—¿Está usted contento?

—¡Vaya!

—¿Va usted a gusto conmigo?

—Mejor que con nadie en el mundo.